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1461 días

Y cada uno de ellos he agradecido a aquella gran sabia que es la vida, por haber trazado todo un curioso plan para encontrarnos.
Cada día en el calendario ha estado tu nombre, tu esencia, tus palabras, tu voz, tu risa. La manera en que vemos la vida, la manera en que soñamos. Los pequeños grandes sueños que construimos, los tropiezos que compartimos. Siempre de la mano como cuando bajamos de aquella peña, con el mundo por delante.
Vemos el mundo desde dos ángulos tan distintos y al final, somos tan iguales, tan parecidos.
Mi compañero de aventuras, mi cobijo, mi reto, mi consuelo. El hombre de mi vida.
Gracias por cada instante, por cada palabra compartida, por los ideales, por lo que hemos aprendido juntos, por cuanto hemos cambiado, crecido y mejorado. Por las pasiones que compartimos, por aquello en lo que creemos, por lo que somos cuando estamos juntos y lo que llegamos a ser por haberlo estado.
Por la risa, por la entrega, por ese inmenso amor, por tu luz y por tu vida. Porque cada uno de estos 1461 días a tu lado, la vida me ha sabido mejor.

Los barquitos espolvoreados sobre el mar, nos dieron la bienvenida una nublada mañana de cielo blanco. Nuevamente pisábamos tierra andina.

La distracción del desvelo y la ingenuidad, facilitaron que el cambio de algunos pesos mexicanos a soles, se convirtiera en una pequeña estafa, perdiendo una gran parte de su valor. Afortunadamente el robo fue menor, pero no dejó de sorprendernos que dicho acto se cometiera al costado de la aduana, dentro al aeropuerto.

El acento inconfundible de los peruanos lo reconocí inmediatamente. El taxista, contratado por fuera del área de bienvenida del aeropuerto, ofreció una tarifa reducida casi a la mitad, de la propuesta por las compañías oficiales. Entre las recomendaciones habituales, la misma de la última visita hace unos años: “las carteras escondidas, no las dejen a la vista, pueden romper las lunas para robarlas”. Añadió que la delincuencia ha ido en aumento, a pesar de que con Ollanta Humala, la economía del país mejoró.

Por las lunas del taxi vimos pasar las calles de Lima. Los conocidos camiones con sus letreros coloridos anunciando la ruta: Miraflores, Barranco, Arequipa, Chorrillos, Bolivar… Taxis negros, taxis blancos, taxis amarillos. Parte de la ciudad que había visto antes, sin gran cambio. La humedad en el ambiente y el calor hacían difícil no cerrar los ojos. Sobre las banquetas caminaban mujeres y hombres, apresurados, en un día normal de trabajo y por las ventanas de los camiones se veían algunos dormidos. Un rato después llegábamos a la Avenida Arequipa.

No reconocí del todo las calles de San Isidro, pero sí su encanto peculiar; casas viejas sin restaurar que aún conservan orgullosas el estilo detrás de la pintura deslavada y descarapelada. Sobre Arequipa, alguno que otro edificio relativamente nuevo, de más de quince pisos que contrasta con las pequeñas construcciones a los costados. Pequeñas tiendas, muy bien ordenadas, con mostradores de madera muy limpios.

Caminamos por los alrededores, buscando algún lugar para almorzar. Entendemos de una vez por todas, que los conductores en Lima son un poco salvajes, sin respeto alguno por el peatón. No parecen tener el mínimo indicio de detenerse cuando uno pretende atravesar la calle. Encienden las luces y presionan el claxon indicando que tienen la preferencia en todo momento. Sobre el cruce peatonal leemos una y otra vez la advertencia “4 DE CADA 5 MUERTOS EN ACCIDENTES DE TRÁNSITO SON PEATONES” y me pregunto si aquello no será contraproducente al provocar aún más a los conductores a olvidar que a veces también son peatones. En algún poste, un anuncio que conmemoraba la independencia, insiste en evitar el uso del claxon: “Cuando no tocas el claxon por gusto haces patria. ¡FELIZ 28 PERÚ!”.

Mondonguito, pescado sudado, causa de pollo, pollo adobado con camote, pollo a las brasas con papas y muchos gramos de arroz, típico almuerzo de los peruanos. La comida china, llamada “Chaufa”, abunda. Los sabores no son desconocidos, salvo la ausencia del picante. En aquellos días pocas veces soy capaz de terminar de comer tal cantidad de arroz.

Me llama la atención algo, un letrero pegado fuera de un local: “Se solicita azafata con experiencia”, al dar un vistazo hacia dentro, pensando que no había visto esa manera de reclutar “aeromozas“, observo mesas y sillas, es un pequeño restaurante. Otro letrero en un local cercano, solicita además de azafatas, un lava vajillas. Como tantas otras veces, el mismo idioma da lugar a simpáticas confusiones. Caminamos por el camellón de la avenida. Altas palmeras custodian las orillas y ofrecen una bonita perspectiva. Cada tanto, bancas de madera forman un círculo, invitando sentarse por un momento, en medio del barullo y las prisas de la ciudad.

Son pocos años después, pero encuentro una Lima mucho más linda, limpia, ordenada y muy agradable. Veo a mi alrededor y no puedo creer estar nuevamente aquí.

Los siguientes días están llenos de reencuentros, de historias, de caras conocidas y risas reconocidas, de recuerdos, de familia, de un enorme cariño con sabor a comida peruana. Ají de gallina, mondonguito, lomito saltado, papa a la Huancaína, olluquito. Seguimos festejando una y otra vez las fiestas con panetón. Comemos paletas de lúcuma y litros de Inka Kola, el refresco de cola amarillo, tradicional del Perú.

Me sorprendo agradablemente con Magdalena del Mar y su nuevo pasaje comercial, ordenado, iluminado, tiendas muy bien puestas y mercancía de calidad. El parque aquel frente a la iglesia tiene particularmente un significado personal. Mientras caminamos alrededor al gran árbol de Navidad, mi mente va años atrás y trato de captar la esencia del lugar. Estos sitios estuvieron mucho tiempo en mi imaginación siendo una niña.

La Costa Verde da una hermosa vista al Pacífico. Mientras rodeamos la playa por la vía, observo a lo lejos algunos bañistas que miran hacia el mar, esperando el momento para surfear.

La víspera de Año Nuevo, una pequeña gran fiesta en la que nos reciben con un paquete peculiar: serpentinas, silbato, antifaz, matraca, globo y confeti que cumplen el objetivo que convertir en niños a todos los presentes. Encuentro familia que no conocía, abrazos y peticiones de saludos para cuando estemos lejos.

Mis pies y mi corazón no han olvidado el huayno y festejan y se contagian del gusto con el que quienes bailan comparten así un mismo lenguaje, el amor a la tierra.

Pienso en mi México, en su caos, en la locura del diario, en sus fallas y sus aciertos. En su potencial y en su gente. No somos tan distintos. Ni tan perfectos ni tan fallidos.

Nos despedimos cargados con abrazos familiares, condimentos y un gran panetón.

Hasta pronto Perú de mi corazón.

Los números de 2011

Los duendes de las estadísticas de WordPress.com prepararon un informe sobre el año 2011 de este blog.

Aquí hay un extracto:

Un teleférico de San Francisco puede contener 60 personas. Este blog fue visto por 1.500 veces en 2011. Si el blog fue un teleférico, se necesitarían alrededor de 25 viajes para llevar tantas personas.

Haz click para ver el reporte completo.

En una plática religiosa, en la Catedral de Tlalnepantla, un padre relativamente joven, muestra vídeos para apoyar su exposición. Intenta hacer reflexión sobre lo que ha alejado de la iglesia a las personas.

Después de algunas ideas, muestra un video sobre la violencia que impera en el país. Inicia con una escena en que un hombre apunta una pistola hacia otro que representa a Jesús. Continúa con encabezados de notas periodísticas sobre crímenes, secuestros y droga en escuelas, mezcladas con escenas y frases inquietantes. Entre ellas, se incluyen unos tres encabezados que hablan sobre AMLO, no precisamente bien. Sobre AMLO y el aborto y sobre cómo algunos de sus simpatizantes irrumpieron en una misa.

El video finaliza con la primera escena: el hombre dispara contra Jesús… salpicando la pantalla de sangre.

Molesta, casi al fondo de la iglesia, observo sin creer lo que veo.

No puedo evitar cuestionarle este “mensaje” en cuanto se da la ocasión. El padre me responde que “hay personas muy escrupulosas” y que no mezclar política con religión es una “deuda” que tiene pendiente el país. No duda además, en protestar porque “tantos maestros católicos no pueden hablar de Dios en las escuelas”.

Alrededor de 200 personas reunidas y nadie recuerda (o se atreve a responder) que el hecho de que el laicismo en la educación está establecido en la Constitución.

Al fondo de la iglesia, nuevamente estoy muy lejos del micrófono como para regresar y seguir argumentando, así que ahorro mi réplica, un poco sorprendida ante tal respuesta, pero más aún, ante la reacción (o la falta de ella) de los asistentes.

Eso no se trata de respeto o herejía ¿o es que las reglas cambian tanto al interior de una iglesia, aún en una charla que está sujeta a opiniones y participación? ¿no existe el razonamiento? ¿el padre sigue siendo aquel al que no se le puede cuestionar?

A estas alturas y sigue sucediendo como hace tanto tiempo. ¿En cuántas iglesias en México hoy se está realizando proselitismo? ¿cuántos que hablan de la palabra de Dios están utilizando el poder de la fe para evangelizar también en política a los fervorosos?

¿Sabe el IFE que esto sucede y es en realidad una guerra sucia en la que es tan válido usar la religión para hacer proselitismo, tanto por iglesia como los partidos?

Es verdad que un ser humano es un ser racional y espiritual. Pero no es ético manipularlo utilizando sus creencias. Nuestro país es conocido también por su cultura marcadamente religiosa. Cada vez en menor medida, como parecen indicar las estadísticas, pero lo es.

También es cierto que estamos en medio de una crisis de valores, que es imperante volver a la ética, a la honestidad, pero no precisamente a través del uso de la fe. El ser humano es capaz se separar ambas esferas, sin ninguna clase de riesgo y aún, con una gran ganancia en cuanto a libertad de pensamiento y razonamiento.

Satanizando personajes no es como vamos a volver a una sociedad de valores. Pero quizá sí es como el partido de elección llegará más pronto a la presidencia.

A estas alturas, sí, la religión católica no deja de ser una fuerza política fuerte. Lo molesto es quizá seguir impávidos permitiendo que lo sea.

Ramón,

Algunos de los que enseñan la Kabbalah afirman que uno no debería intentar cambiar al mundo, que el principio debe ser cambiar uno mismo y entonces el mundo, empezando por nuestro propio entorno, cambiará, primero a través del de al lado, y luego con el de al lado del de al lado y así sucesivamente.

Es verdad, el mundo es como es y parece poco lo que podemos hacer para cambiarlo o mejorarlo. Tampoco es posible dejar de conmovernos y percibir aquella punzada que es inherente al ser humano y creer que cargamos el peso del mundo en los hombros.

Hay quienes dicen tratar de cambiar al mundo, buscando un beneficio específicamente material, y son realmente pocos los aquellos a los que admiramos, que hacen de la ayuda a otros, del servicio social, una forma de vida, tengan su motivación en el amor, en la compasión: en un verdadero sentido de responsabilidad como ciudadanos del mundo.

¿Es idealista y romántico pensar en que la existencia de uno pueda implícitamente cambiar al mundo, si apenas puede seguir con su propia vida? si apenas podemos impulsar nuestro entorno más cercano, nunca hay tiempo suficiente.

Sin embargo, si viéramos al mundo como realmente es, un sistema con innumerables y complejos elementos, que dependen unos de otros, entenderíamos que todos los días provocamos cambios, que nuestras decisiones diarias, cualesquiera que sean, son las condiciones iniciales que provocan reacciones en cadena, un ejemplo perfecto del “efecto mariposa”, sabríamos que de cada uno depende que esos cambios pretendan tener un impacto positivo.

Cuando un profesor prepara una clase con todo el amor y respeto por su profesión; cuando una madre (o un padre) abriga, protege, educa, corrige, motiva y encamina; cuando una persona que se dedica a la limpieza pone todo el empeño en deshacerse del polvo; cuando un médico se esfuerza por mantenerse actualizado y asume más que una responsabilidad, una verdadera vocación hacia el bienestar de los demás; cuando una persona hace su trabajo de forma honesta y comprometida; cuando un ciudadano denuncia a cualquier infractor o delito; cuando todo esto y tanto más sucede, hay un cambio, que quizá no percibimos. Pero no lo percibimos porque no parece resolver problemas evidentes e inmediatos, sin embargo mantiene cierto equilibrio y probablemente evite un mayor caos.

No tenemos que dejar en manos de otros el mejorar este mundo y mientras buscamos o la ocasión para ayudar nos encuentra, no necesitamos esperar a que existan reglamentos de conducta cívica, organizaciones que promuevan esta u aquella iniciativa, políticas sobre salud pública o acuerdos sobre ecología. El compromiso y la responsabilidad de cada pequeña decisión es personal.

Al llegar a uno, solamente a un ser humano y contagiar ese ánimo por cambiar el mundo, hacemos crecer esa pequeña ola que generará algo más grande.
No deja de ser idealista, ni nos exime de sentir eso que nos hace humanos y quizá no estemos físicamente para ver su beneficio en una gran magnitud, pero al menos sabremos que no dejamos intencionalmente más piedras en el camino.

Lo que le duele a un mexicano

Vergüenza deberían sentir los candidatos que se llenan la boca de promesas, que no han visto la necesidad, la tristeza, la desesperanza, la angustia que viven todos los días millones de mexicanos. De frontera a frontera, cada uno en su propio microcosmos, con su propia problemática, con sus dolores, su incertidumbre.

Insomnio les provocaría ver esos ojos que hablan sin decir nada, esos deseos que con los años se han desvanecido, el abandono que no sólo se siente, se vive. ¿Quién y cuándo ayudará?

Las razones por las que nuestro México padece de ese modo son muchas, son viejas, son herencias y consecuencia de años de indiferencia, que hizo crecer la complejidad de la situación en nuestro país. Ya está. Ya sucedió. Ya se vive así, o más bien, se sobrevive así. 

Uno de cada dos mexicanos en pobreza o a punto de entrar a ella. O  buscando el modo de no hacerlo. Y por si fuera poco, como una plaga se extiende el terror por una guerra.

Vergüenza deberían sentir cuando buscan hueso para sus allegados y aquellos que una vez más les confiaron se encuentran literalmente a obscuras y metafóricamente, en la obscuridad.

¿Por dónde se comienza? Si millones de mexicanos no tienen acceso a los servicios mínimos, no pueden ejercer su derecho a la educación, vamos, para empezar no tienen un lugar digno donde vivir.

Si muchos de estos problemas son por falta de oportunidades, sin son por falta de educación, si todo esto no llega y no alcanza para todos, ¿cómo es posible que México es un país con tal potencial? Con mayores y mejores recursos que muchos otros.

Vergüenza deberían sentir aquellos que reciben como “dieta” cantidades exhorbitantes que bien podrían mantener familias enteras en cualquier comunidad.

Ningún gobierno puede llamarse bueno si no comienza por resolver los problemas básicos de sus gobernados, que en muchos casos no requieren más que ganas. 

¿Cuántos funcionarios públicos están conscientes de que el dinero que llega a su cuenta cada mes llega por el trabajo de otros? ¿Cuántos, desde un profesor hasta un diputado saben la responsabilidad que eso conlleva?

¿Cómo es que un ministro vive en otro México? A sabiendas que el sistema de justicia es una vergüenza, cobra sueldos extraordinarios. ¿Cómo es que tenemos una “democracia” tan cara que se ha vuelto un verdadero negocio? El poder por el poder y pisémonos unos a los otros.

Si ellos no tienen vergüenza, tengamos nosotros corazón para dejar la apatía y la fama de la poca participación social. Cuando queremos lo hacemos, ya se sabe, ya se ha vivido. Hagámoslo sin que medie una tragedia porque tragedia es la que se vive ya, todos los días. Por alguna parte podemos y debemos comenzar.

Lo que le duele a un mexicano, debería dolernos a todos. 

Mi México

“Cuando se alcanza el verdadero conocimiento, entonces la voluntad se hace sincera; cuando la voluntad es sincera, entonces se corrige el corazón [...]; cuando se corrige el corazón, entonces se cultiva la vida personal; cuando se cultiva la vida personal, entonces se regula la vida familiar; cuando se regula la vida familiar, entonces la vida nacional tiene orden; y cuando la vida nacional tiene orden, entonces hay paz en este mundo. Desde el emperador hasta los hombres comunes, todos deben considerar el cultivo de la vida personal como la raíz o fundamento”.
Tenzin Gyatso, XIV Dalai Lama

En este mes pienso en mi país con un profundo deseo de que alguna vez tengamos la voluntad de cultivar cada uno nuestra propia vida, en todos los sentidos.

Todos somos México, no ellos o aquellos, no los otros. Vivimos en burbujas aisladas, evitando chocar entre sí, aislados en el esfuerzo por no reventar nuestro hábitat, vemos la realidad desde dentro, distorsionada.

Nos llamamos nacionalistas y solemos gritar con ganas en estas fechas, como si sintiéramos en la sangre a México, pero al mismo tiempo, alabamos lo foráneo, incrédulos de nosotros mismos, nos pisamos unos a otros. Incapaces de fomentar valores en nuestra propia familia, reacios a querer ver el estado en el que se encuentra este lugar que decimos amar tanto.

Todos somos ese país que sufre, por distintas circunstancias, no es otro México, son nuestros mexicanos.

En este mes pienso en mi país, en todas sus caras. Y quiero saberlo y verlo con gente dispuesta a ser mexicana todos los días.

El Comité de Ética de Grupo Imagen Multimedia decidió que el comentarista de Reporte 98.5 de apellido Verdugo fuera suspendido indefinidamente, después de que en días pasados utilizara el espacio al aire de la radiodifusora, para invitar a los radioescuchas a terminar con nueva “plaga” que ronda las calles de la ciudad de México a bordo de una bicicleta, “aplastándolos”. En medio de una queja por actos que comentó imprudentes de algunos usuarios del programa EcoBici, instó firme y repetidamente a los automovilistas a lanzarles el vehículo en cuanto los vieran. Continuó en la crítica al programa instaurado por el gobierno del Distrito Federal y a la conducta de los ciclistas.

Inmediatamente surgió un reclamo masivo en las redes sociales, que ha seguido creciendo. Algunos levantaron la voz en defensa del comentarista, en relación a que sus palabras en ese tono eran acostumbradas, que tenía un cierto toque de ironía. Él mismo declaró que fue sarcasmo. Pero en cuestión de la incitación a la violencia, no existen estos tonos. Mucho menos en manos de un personaje que tiene la responsabilidad de un micrófono a de alcance a nivel nacional e internacional y el peso de un medio al que representa.

Fuera de la razón de sus argumentos, como trabajador de una empresa dedicada a la comunicación, el señor adquirió un compromiso que implícitamente estaba ligado a un código de ética y en su caso, a la Ley de Radio y Televisión que prohibe intervenciones como la suya. Una vez más el código de ética de Grupo Imagen estuvo en la mira.

La ética está relacionada con las reglas que rigen la conducta y los actos del ser humano. La figura del código de ética es una representación cultural de un grupo, que está ligada a los usos y costumbres de la mayoría y en lo que ésta acuerda como “correcto” y “permitido” y es de carácter obligatorio cumplirlo para pertenecer al grupo. Es un proceso complejo y hasta violento establecer normas sobre una comunidad cuya formación está basada acciones y pensamiento radicalmente distinto, literalmente en una conversión hacia el totalitarismo.

Para los de pensamiento liberal, un código de ética en su significado estricto, vinculado explícitamente con la moral, con la decisión entre lo bueno y lo malo, no representaría una herramienta valorada. Sin embargo, incluso quien posee el pensamiento más liberal respecto a cualquier tema, se rige tácitamente por su propia “ética”, por sus propias convicciones, por su propia moral, por sus reglas. Así sean contradictorias o se contrapongan unas con otras. Aunque el fundamento en el que se base la actividad del grupo represente un daño a otros, se requiere establecer una normatividad interna que lo soporte, un código de honor.

En un ámbito reducido como la familia, en épocas pasadas en nuestro país, existían las normas empíricas, los acuerdos tácitos acerca del comportamiento de los integrantes. La conducta “adecuada” estaba por sentada y se hacía respetar. Sin embargo, en tiempos de redes sociales tecnológicas y bullying, las consecuencias de una serie de problemas sociales que más bien son consecuencia uno del otro (el cambio en la figura de la familia “tradicional”, el desempleo, la falta de oportunidades educativas y un largo etcétera), estas normas implícitas se han borrado sistemáticamente. En esto se ha convertido la sociedad moderna. Una gran cantidad de individuos, jóvenes y viejos, que poco a poco vulneran las reglas más simples de su propia comunidad.

No se puede caminar por la vida pretendiendo poseer libertad absoluta en palabras y acciones. Los seres humanos, como seres sociales, requerimos de normas que deben cumplirse, para poder no sólo pertenecer a un grupo, sino de manera básica, para formarlo. Una pareja, un grupo de amigos, una familia, un grupo escolar, una empresa, una organización no lucrativa, una nación. Todos tenemos reglas que cumplir, lo deseemos o no. Es uno de los requisitos para pertenecer y en uno mismo está la opción de seguirlas o no, de pertenecer o ser expulsado.

En momentos en que la eterna lucha por el poder volverá a sus picos más altos, en tiempos de un complicado debate sobre la verdadera libertad de expresión y sus consecuencias y sobre todo, en una época de profunda necesidad de los valores básicos del ser humano, quienes tienen la responsabilidad de representar algún medio, tendrán que pensar mejor las estrategias para plantear soluciones o críticas a los problemas sociales y para establecer posturas políticas.

Verdugo lanzó su opinión en el espacio que le fue proporcionado para otros fines, no como un individuo cuya crítica como ser libre es respetable y sería juzgada o alabada en su entorno personal.

Pero quienes estamos lejos de estos papeles ¿qué tanto nos hemos alejado de nuestro propio código de ética? Recordemos de qué formamos parte ¿de una familia? ¿un grupo académico? ¿una empresa? ¿un vecindario? ¿un grupo político? ¿un país? Con la facilidad en que cualquier opinión puede contaminarse por intereses ajenos y ser desfalcada de su verdadero sentido, más que nunca hay que recobrar con fuerza las propias convicciones en cada uno de nuestros papeles para formar una ética resistente, más allá del juicio de temas polémicos, en el camino hacia la propia integridad, una ética personal. ¿Es esto una utopía?

Sobre la discriminación

La gran mayoría de las personas ha sufrido discriminación en algún momento de la vida por alguna circunstancia particular. Existen grupos más vulnerables que han padecido las acciones que la discriminación provoca, matizadas por el rechazo y la agresividad que en muchos casos derivan en violencia.

La discriminación tiene su origen en prejuicios, acciones basadas en un conocimiento trunco o erróneo y sus efectos, siempre negativos, vulneran al objeto de la discriminación al modelarlo con ideas falsas sobre su existencia. Pero ¿qué hay detrás de estas emociones exacerbadas que empujan a conductas antisociales como la violencia?

Como lo plantea el profesor de psicología Steven Neuberg —en una entrevista realizada por Scientific American en relación al prejuicio anti-inmigrante— los prejuicios tienen su origen en un miedo, racional o no, provocado por la supuesta amenaza que representa lo discriminado: algo o alguien que es distinto al grupo al que se pertenece. Alguien externo representa la amenaza de trasgredir las normas y vínculos que se han creado entre los miembros del grupo y puede ser potencialmente dañino.

De este modo, cualquier persona que sea distinta, por apariencia física, creencia, origen, idioma, se percibe como extraño, y se le teme o rechaza, aún cuando los sentimientos que provoca sean inconscientes.

Sea por naturaleza humana o por cuestión cultural, todos discriminamos, separamos, clasificamos, en cualquier ámbito y por innumerables criterios, en materia cultural, educativa, social. La consecuencia inmediata, que no es siempre positiva, es la segmentación.

El caso más extremo de discriminación surge cuando el prejuicio se convierte en violencia y su fin es el exterminio. La historia de la humanidad cuenta innumerables ejemplos de discriminación y rechazo, por el simple hecho de ser distintos, parecer o pensar de forma diferente. El holocausto es uno de tantos episodios lamentables en los que el rechazo se convirtió en una violencia ruin, al grado de cometer despreciables actos de exterminio, ante la mirada atónita del resto del mundo. El propósito final de la eugenesia.

No estamos tan lejos de aquella película en la que la normalidad eran los hombres y mujeres “perfectos”, diseñados genéticamente, un mundo en el que quienes habían sido procreados de manera natural y aleatoria, padecían inevitablemente el rechazo y la falta de oportunidades; en el mismo sentido que la famosa novela de Huxley, en la que el éxito de la humanidad estaba basado en la erradicación de la diversidad en todos los sentidos.

En la vida real, un ejemplo simple y aparentemente inocente: las pruebas médicas prenatales que permiten conocer defectos congénitos en el feto son una forma de discriminación que tiende a sentar las bases para generar una evolución —que podría ser considerada “artificial”— del ser humano. Apoyadas por argumentos que promueven el bienestar y la salud, aparentemente no atentan contra los derechos humanos, dado que suceden a la luz de las normas que la propia UNESCO ha establecido para evitar las prácticas eugenésicas en la Declaración Universal sobre el Genoma Humano y los Derechos Humanos.

Si es o no positiva la segmentación que se genera por la discriminación a tales grados, es un tema aún cuestionable. En el sentido de lo que el Profr. Allen Garland sostiene —en un artículo de la revista Science acerca de los orígenes y desarrollo de la eugenesia hasta nuestros días—, históricamente la eugenesia ha sido soportada en los contextos económico, social y científico; hoy las prácticas y teorías que buscan justificar enfermedades y conductas con una base genética, nos aproximan a esta tendencia hacia la discriminación que pronto podría ser considerada una opción viable para aliviar problemas sociales y médicos, pero ¿qué otros problemas causará?

Siempre ocasiona estrés perder un vuelo. Mayormente cuando uno está parado frente a la fila de inmigración en algún aeropuerto de Estados Unidos. La táctica de la sobreventa de vuelos de algunas aerolíneas ocasiona caras de preocupación, innumerables miradas al reloj y finalmente, resignación.

Llegué al aeropuerto de Houston con una hora disponible para hacer la conexión rumbo a Nueva Orleans. Suficiente tiempo, pensé. Pero no recordaba lo lento que avanza la fila para obtener el sello de entrada. Los minutos transcurrieron mientras yo veía una y otra vez el video que mostraban las pantallas, con las indicaciones del proceso. Me entretuve además, observando a las personas que estaban formadas, inventando historias de sus motivos para viajar.

Después de la preocupación de comunicarle a quien iba a recibirme, que no llegaría a tiempo, no tuve ninguna intención de correr para alcanzar el vuelo, la hora de salida había pasado hacía un rato. Me dirigí al mostrador de Continental Airlines y con toda la calma del mundo, como si fuera un tramite acostumbrado, me dieron dos pases de abordar, uno para el siguiente vuelo, que prácticamente salía en unos minutos más y, por si las dudas, otro para el que le seguía, por si aquel ya estaba lleno. Tampoco me apresuré para llegar a la sala. Recorrí los pasillos y llegué justo a tiempo para abordar.

Por un momento creí que al grandioso repertorio del sandwich o cuernito de jamón con queso, servido en los vuelos cortos, se habían agregado los Cheetos. No. Para mi agradable sorpresa eran “baby carrots”. Agradecí poder comer algo más saludable que las papas fritas.

El calor húmedo al bajar del avión fue mi bienvenida a Nueva Orleans. El taxista me informó que el día anterior habían alcanzado los 100 grados Farenheit, alrededor de 38 grados centígrados. A pesar de estar nublado, la excesiva humedad empeoraba el bochorno por la temperatura.

Las prisas por el viaje me obligaron a elegir un hotel por internet justo antes de subir al avión. Al llegar me encontré con que había cometido un gran error. Bajé del taxi frente a la rotonda Lee Circle, sobre Saint Charles Ave, en el distrito de The Warehouse. A pesar de encontrarse en una zona de museos (el Civil War Museum, el Louisiana Children’s Museum, el Contemporary Arts Center, el II World War Museum y el Ogden Museum), el hotel no era una buena alternativa.

Mi día comenzaba a las 9 de la mañana. El recorrido desde Saint Charles Ave. a la Universidad de Tulane representaba para mi un recorrido turístico, con uno de los mejores guías. Los edificios de la universidad, casi vacíos por la temporada de vacaciones, me parecían un atractivo por sí mismos. Todos distintos y con carácter propio. En los siguientes días pasaría largas horas en uno de ellos, finalmente no era un viaje de placer.

¿Qué se puede esperar de una universidad con una matrícula de alrededor de 30,000 USD anuales? Grandes y cómodas instalaciones al interior del campus, todo lo necesario para no tener la necesidad de salir. Así es como viven los estudiantes de Tulane. Por supuesto, bastante alejado de mis años de carrera universitaria. Aunque algunos estudiantes obtienen becas, muchos otros pertenecen a familias que pueden costear la matrícula. En uno de los edificios de servicios a estudiantes, no solamente había una sucursal bancaria, nada especial para este tipo de universidades, sino una oficina de una conocida empresa de paquetería, un salón de belleza, una barbería y una amplísima área de food court.

A la hora de la comida podía hacer un pequeño recorrido. En lugar de estar dentro de una universidad, me parecía caminar por los alrededores de algún destino turístico. La mayoría de los chicos vestían bermudas o pantalones cortos, camisetas sin manga y sandalias. Posiblemente porque era temporada vacacional o porque es mucho más cómodo vestir así con ese clima tropical.

El food court es como cualquier otro ubicado dentro de un centro comercial. Afortunadamente había opciones para evitar en lo posible la comida chatarra. Grandes porciones de fruta y jugo natural, sandwiches de queso panela en pan integral, gelatina, ensalada verde, leche, cereal y yoghurt. Suficiente para comenzar el día de manera saludable. Comida china, sushi, bagels y burritos para la comida.

Caminamos un poco por el campus. Las áreas verdes abundan entre los edificios. Me llamó la atención un árbol por el que pasamos, cuyas ramas estaban adornadas por infinidad de collares de cuentas redondas de distintos colores y tamaños. Inmediatamente imaginé el Spring Break, pero mi acompañante me explicó que se debían al Mardi Grass recién acontecido unas semanas atrás.

Esta festividad es parte del carnaval que se realiza cada año, el día anterior al miércoles de ceniza. En ella ocurren desfiles en los que la gente se desvive por disfrutar al máximo, como en cualquier carnaval. Las máscaras y antifaces son típicos, así como los disfraces en los carros alegóricos. Los collares amontonados en ese árbol y todos los que vi después colgando en cualquier cable, poste, barandal o ventana en muchas calles de Nueva Orleans, provienen de la gente que desfila y los avienta al público.

En alguno de nuestros recorridos hacia o desde la universidad, mi anfitrión me contó que aquellas calles permanecieron inundadas por días, después del paso de Katrina en el 2005. Algunos barrios, incluso, quedaron con casas abandonadas, que poco a poco vendieron quienes no soportaron regresar después del huracán. Probablemente también quienes vivían ahí fallecieron.

Como el hotel no tenía restaurante y el bar era meramente un adorno (muy bonito, por cierto) tuve que optar por el servicio a domicilio. Y días después, por buscar otro hotel, cercano al área turística y a la vida de Nueva Orleans.

Buscando donde cenar, una de las primeras noches, subí al tranvía, llamado localmente street car. Recorrí Saint Charles Ave desde Lee Circle, hasta la parada en Tulane. Bajé y caminé un poco. Entré a “La Madeleine”, en la esquina de Saint Charles Ave y Carrollton Ave. Un lindo lugar, parecido a una cabaña, con lámparas de luz amarilla y construcción de ladrillo. Un mostrador con todo tipo de pasteles deliciosos, un pequeño menú de ensaladas, sopas y empanadas y un mini mostrador de bebidas. Todo autoservicio. Pedí un café, un mini “raspberry muffin” y una mini tarta de frutas. Me senté a mirar por la calle y dentro del lugar. Parejas de adultos mayores, grupos de mujeres, chicas solas. Una familia. Afuera casi no pasaba nadie. De repente comencé a pensar que tanta quietud me estresaba por alguna razón.

Street Car

Street Car stop

De regreso al hotel miraba por el hueco donde debían ir las ventanas en el tranvía verde. Este tranvía atraviesa la ruta que sigue Saint Charles Ave hasta los cementerios. El tranvía color rojo es el que llega al centro de la ciudad.

La Universidad de Loyola, una universidad católica, al costado derecho de Tulane realmente se veía hermosa de noche. Unas lindas casas, con porche a la entrada, tal como en las películas. Otras tantas con escalera a la entrada y sillas o sillones. Me parecieron todas casas de muñecas, con sus ventanas con persianas.

Una chica negra muy delgada abordó el tranvía. Tenía un peinado alto y un bonito vestido de colores. Parecía que iba a una fiesta. Pero el chico que la acompañaba vestía bermudas y portaba una gorra de béisbol. Otra chica de raza afroamericana subió en la siguiente parada y llamó mi atención. La piel muy obscura y brillante, la forma del rostro, de pómulos altos, y ángulos armoniosos. El cabello peinado completamente negro en pequeñas trenzas perfectas atadas arriba de la cabeza. La sonrisa amplia y alegre que me dirigió, me sugirió que era muy joven y sin ninguna clase de pretensión, ni por parecer una pequeña escultura viviente.

Una cena fue programada especialmente para el jueves por la tarde noche. A las 18:30 hrs. estábamos entrando por la puerta verde recién abierta, en el 417 de Canal St, del restaurante Brennan’s. Un lugar agradable, rodeado de espejos en las paredes y mesas circulares. Elegí el asiento en una esquina, para poder apreciar el ambiente. Enseguida nos recibieron dos meseros muy jóvenes y bien parecidos, vestidos de esmoquin. Uno de ellos, Alex, nos recomendó sus platillos de entrada y plato fuerte favoritos, con lujo de detalle en la preparación y los alimentos.

Después de estudiar el menú largamente, en compañía de mis anfitriones y escuchando sus sugerencias, me decidí por la localmente famosa sopa de okra o gumbo con cangrejo, la “Maude’s Seafood Okra Gumbo”. La okra (o gumbo) es un vegetal verde, de origen africano, con forma y aspecto entre chile, pimiento y calabaza, de sabor ligeramente picante y dulzón, que se cultiva en distintas partes del mundo, entre ellas en Estados Unidos. En México nunca lo he visto. La otra opción era sopa de cebolla, no apta para mi, o sopa de tortuga, menos aceptable aún. Como plato fuerte elegí el Blackened RedFish Brennan’s, una corvina en pimienta a la parrilla, acompañada de zanahorias glaseadas.

Ambos platillos me parecieron una delicia. La espesa sopa de okra gambo tenía pedazos de cangrejo, arroz y okra, preparados con una salsa de jitomate, muy poco caldosa. Una comida completa. La corvina, deliciosa, a la parrilla, marinada con alguna mezcla de especias y pimienta.

El postre sugerido por Alex y el típico de la casa, los Bananas Foster, son plátanos flameados, acompañados de helado y espolvoreados con canela. No me pareció particularmente llamativo, en México incluso yo misma, había preparado alguna vez fresas flameadas. Me pareció más atractivo un pastel de chocolate y nuez. Mi anfitriona amablemente pidió una receta de los Bananas Foster, como recuerdo para mi. En la receta se narra la historia de Paul, el chef que preparó por primera vez el postre en 1951 y desde entonces se preparan toneladas de Bananas Foster al año. La misma receta que guardo doblada en cuatro, está disponible en internet, junto con otras recetas del famoso restaurante Brennan’s aquí.

La velada la compartí con mi agradable pareja de anfitriones, ambos personas de quien mucho puede aprenderse, en una mezcla de español e inglés y un poco de francés. Me sentí agradecida por la experiencia y por las circunstancias que la hicieron posible.

El plan al terminar la cena fue The Preservation Hall. Un lugar tradicional en Nueva Orleans, que no puede fallar en cualquier visita turística o simplemente, para los amantes del jazz y para mi, el lugar perfecto. Eran alrededor de las 20:30 hrs. Salimos del restaurante y caminamos unos pocos metros, hasta el número 726 de St Peter St. Había ya una larga fila para entrar. Arriba de la puerta, un gran letrero que cuelga de la herrería verde anuncia el nombre del famoso lugar donde cada noche tocan bandas de jazz al estilo Nueva Orleans.

Preservation Hall's entrance

La dinámica es así: en el local caben unas 50 personas, sentadas y paradas. Los músicos entran, saludan y entre aplausos y bromas, animan a los presentes desde la primera nota. El concierto dura alrededor de 25 minutos. Al terminar, los músicos salen a un descanso y ese tiempo se aprovecha en hacer el cambio de público.

Mientras esperamos, mi anfitriona me cuenta el suplicio que vivieron por Katrina. Por una de las ventanas viejas, deslavadas, puede verse hacia dentro. La gente sentada en bancos largos de madera, aplaude al ritmo de la banda. Afortunadamente, decía, los huracanes dan la oportunidad de alertar a los que se encuentran a su paso. En aquella ocasión se comentaba la magnitud del que se avecinaba, pero algunos de los habitantes que habían pasado por alarmas como aquella no creyeron que sucediera nada realmente grave. Cuando quisieron salir, ya no había manera de rescatarlos. Esta pareja de admirables personas pasó varias semanas en un hotel, con sus mascotas, antes de poder regresar a casa. Con una dulce sonrisa mi linda acompañante me dice que vivir así ahí es como en cualquier parte del mundo, como en México mismo, donde tal vez es peor, porque nunca se sabe cuándo habrá un terremoto.

Después de unos 15 minutos logramos pasar la reja de entrada y alcanzamos lugar en una de las bancas al medio, pegada a la pared. El local es un cuarto tajantemente viejo, las paredes despintadas, iluminadas por una luz muy amarilla, el ambiente perfecto para el jazz. Al fondo, en la pared que da hacia la calle, los largos ventanales, casi puertas, con vidrios opacos y muy gastados. Y en el medio de ambos ventanales, una pintura de un músico y letreros alusivos al jazz. Definitivamente sin hacer gala a la preservación, como lo dice el nombre, el piso de madera crujió al acomodarnos.

Poco después ante el aplauso del público entraba la banda de músicos que llenó el ambiente de alegría. Pude tomar un par de vídeos, hasta que alguien se me acercó y amablemente me indicó que estaba prohibido. Me conformé con algunas fotografías y con grabar la sensación de la música viva en mi mente.

De vuelta a la realidad entendí que sería mejor cambiar el hotel, por seguridad y por comodidad. En la zona donde me encontraba no era muy recomendable caminar después del atardecer, estaba bastante solitaria. Después de horas de buscar por internet y comprobar que al acercarse el fin de semana escaseaban completamente las habitaciones libres, afortunadamente encontré un lindo hotel que se encontraba justo en el conocido French Quarter, tan solo a una calle de la famosa Bourbon St. Entonces realmente pude conocer Nueva Orleans.

Una mañana cambiamos la rutina y atravesamos el río. Pocos minutos después, pasábamos por una zona de casas de lujo, a la orilla de un pequeño lago. Todas mantenían su bote en la orilla, cual auto estacionado en el garage. Más tarde entramos en una tienda de botes y barcos de pesca. Como el de alguna película de James Bond, uno de esos botes se exhibía dentro. Grandes letras formaban la palabra D R E A M sobre él.

La noche llegó al French Quarter y salí a caminar por Bourbon St. Nada parecido a como lucía en el día.

Bourbon St

Mujeres y hombres muy arreglados caminaban por la banqueta rumbo a su cita en un restaurante. Entre el barullo vi una limusina que esperaba sobre la calle. Al doblar una esquina, una chica conducía un auto de aquellos cuyas puertas abren hacia arriba. Se detuvo. Un chico afroamericano se acercó y le entregó un maletín negro cuadrado por la ventanilla. Otra chica abordó el auto ante los claxonazos que no se hicieron esperar.

Escucho salsa por alguna de las ventanas y recuerdo las ganas que tengo de ir a bailar. En la esquina de Bourbon St e Iberville St, por las ventanas de otro de los restaurantes de la familia Brennan, el Bourbon House, se ven las mesas llenas, la gente espera afuera, algunos vestidos de gala para la ocasión.

Entro a La’Bayou Restaurant, de los pocos que no veo con una larga fila esperando, y por supuesto, nada formal, las puertas rojas están completamente abiertas. Mi pequeña mesa, al costado derecho, me da una buena vista. Un enorme cocodrilo corona la pared del fondo, arriba del bar. No me gusta. Ni el pequeño a la entrada ni la cabeza de venado. Las lámparas de aceite me dan la sensación de estar en un safari.

El mesero, William, me indica que los platillos por los que pregunto son un poco grandes para una sola persona. Nada de oyster, nada de lácteos, nada de cebolla, ajo ni queso. Qué difícil. De nuevo blackned redfish, esta vez preparado ligeramente diferente. Después de una de mis preguntas, a William le dio un ligero tic en el ojo izquierdo. Comenzó a hablarme en español al responderle de dónde soy.

Un pleno inicio de fin de semana en Nueva Orleans. Repleto de gente ruidosa, que vaso en mano ríe mientras camina por Bourbon St. La piel enrojecida por el sol, se colorea de luces de neón verdes, amarillas, rojas, moradas. Un Oyster Bar en la esquina, otro en la calle de enfrente. La vida nocturna en esta ciudad no termina hasta altas horas de la noche. Me parece estar en Playa del Carmen.

Mango

Tomo la cámara y disparo una, otra y otra vez. Algunos voltean a ver qué fotografío. Para un fotógrafo en cualquier lugar se esconden luces, formas, colores, texturas y sombras. Cada escena es parte de una película cuyo tema simplemente es la vida en este rincón del mundo.

En el restaurante, William, el único mesero joven va y viene llevando platos. Es agradable que a uno lo atienda alguien amable. Más al viajar solo. Posiblemente yo era de las pocas personas que cenaban solas en Nueva Orleans un sábado por la noche. Mi mesero coqueteaba con un par de nuevas comensales que sonreían con gusto.

El bullicio del lugar se confundía con el ruido de la calle. No distingo ningún ritmo en particular, sólo sobresale la batería en distintos ritmos y una voz grave que canta. La corvina tiene muy buen sabor, con ese gusto a pimienta particular, ligeramente picante. Tomo nota mental de conseguir la receta. No tengo espacio para el postre. En mis últimos bocados distingo que hay música dentro del restaurante. Un jazz de tonada alegre. No creo que alguien que se hospede cerca de esta calle logre dormir.

Al crecer la noche, el alboroto incrementa tanto como el tono de invitación a algunos locales. En una esquina, desde la ventana se ve una chica, tal como en Coyote Ugly, parada sobre la barra, con poca ropa, bailando. Dos trasvestis invitan entrar al local iluminado con neón azul. El tumulto de la gente y el olor dulzón del ambiente comienzan a abrumarme y decido regresar al hotel. El saldo de esa noche fue un par de quemaduras de cigarro en mi bolsa, seguramente al pasar entre la gente.

La tarde siguiente salí a recorrer Canal St. Me pareció alguna calle del centro del D.F. excepto por la cantidad de personas de piel obscura y todas aquellas mujeres en vestidos cortísimos y tacones altos. Alguna que otra parecía realmente una muñeca de piel de caoba. De camino al hotel, me llamó la atención el TaoSpa. En la entrada, el mapa de un pie, indicando la zona del cuerpo a tratar o algún padecimiento en particular. Una mano amistosa de una mujer oriental me animaba a entrar. Así lo hice y me senté en un cómodo sillón a esperar turno. Mi curiosidad y el ligero dolor de cabeza, además del cansancio acumulado de la semana me obligaron a cambiar una reservación para cenar, por una sesión de reflexología.

Las mujeres que recibían la terapia, todas, tenían los ojos cerrados y una expresión de éxtasis. Alguna sonreía como si soñara maravillosamente. En algún momento una de ellas comenzó a reír con ganas, una risa totalmente contagiosa, en éxtasis total. Al fondo, unas pequeñas mamparas separaban los sillones de reflexología del área de masaje. La mujer de la risa, tenía los ojos cerrados y aplaudía mientras seguía riendo. Veinticinco minutos después entendí por qué tal risa.

Jalones, golpeteos y un sinfín de movimientos, a veces un poco dolorosos, a veces, muchas, me provocaban cosquillas. Se liberó gran parte de la tensión que tenía en ese corto lapso y mis pies y yo, agradecidos, salimos del TaoSpa.

La tarde siguiente aproveché para caminar por el French Quarter. La influencia francesa es notoria, los detalles en cada calle hacen de este barrio un lugar muy agradable para un paseo. Abundan las tiendas con letreros de herrería y diseños diversos.

PJ's Coffee

Molly's Bar, Toulouse St

Las flores de Lys abundan como símbolo de la ciudad, en playeras, gorras, colgantes.

Fleur-de-Lis, New Orleans' symbol

Todos los letreros de las calles tienen la misma forma, colocados en cruz en los faros típicos del barrio.

Rue Toulouse

Al otro día hicimos juntos, mi peculiar acompañante y yo, el último tour. Salimos temprano, sobre N. Peters St, hacia el French Market.

French Market

Yo no dejaba de dar clics con la cámara. La gente, amable, evitaba pasar frente a mi para no estorbar o se disculpaba por salir sin querer en mi foto. Algunas veces miraban hacia donde enfocaba la cámara esperando algo que robara la atención y los veía mirarse unos a otros preguntando qué de interés tenía una perilla o una cerradura vieja.

A dos horas de caminata, a más de 34 grados centígrados y una humedad del 80%, en pleno sol, sudaba a chorros. Mi agradable compañero, de casi 80 años, corredor de maratones y amante de la química y la pesca, ni se inmutaba. Probablemente por estar habituado a ese clima; seguramente porque tiene mejor condición física (y mental) que yo. A veces olvidaba que soy casi medio siglo más joven que él y aún me sigue pareciendo afortunado y esperanzador reconocer tal vitalidad. Quizá alguna vez cuente una de las cosas que aprendí al escuchar sus historias de vida en esos días a la hora de la comida en el campus de la universidad.

A lo largo de N. Peters St abundan las tiendas de recuerdos y ropa. Todas ellas con letreros colgantes en colores y diseños bonitos. El estilo romántico de las calles de The French Quarter ameniza la caminata y para alguien detrás del lente de una cámara es un paraíso.

French Antiques

Debo confesar que nunca me sentí particularmente atraída por algún destino en los Estados Unidos. Cambié mi opinión al pisar Nueva Orleans. El French Market lleno de turistas, haciendo fila frente al Cafe du Monde, tal como La Parroquia en Veracruz. Pienso que regresaría a Nueva Orleans para probar un beignet, según lo dicho, el pan típico del lugar.

Continuamos el recorrido hacia Jackson Square y alcancé a hacer algunas fotos en Saint Loius Cathedral.

Saint Louis Cathedral

Saint Louis Cathedral

Saint Louis Cathedral

El peso de la fe

La última parte de la caminata correspondía al costado del Mississippi, por el Woldenberg Park.

Do not cross

Caminando por la orilla del río, bajo el rayo pleno del sol comienzo a escuchar una nota que sube al cielo y se difumina en el aire. El sonido de un organillo al micrófono. Otra nota, otra más. Y finalmente una dulce y lenta sucesión de notas conocidas; “De la sierra morena, cielito lindo vienen bajando… Un par de ojitos negros, cielito lindo de contrabando… Ay ay ay ay, canta y no llores, porque cantando se alegran cielito lindo los corazones”. El corazón se me alegró a mi mientras caminaba a la orilla del Mississippi un domingo por la mañana.

Woldenberg Park

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