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Cocoon

When I am low and dark

I hide in my false cocoon

Trying to hibernate

To get through the blue night

Waiting for the cold to melt

And turn my tears into wings

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Dry leaf

Sometimes I break up.

Like a branch

like a dry leaf

like old wood

I break up into pieces.

My strenght fails

My wisdom falls

I free my anchor, my fears, my tears

And build a sea.

Sometimes I just break up.
I break up into pieces.

Amar a un colibrí

Lo encontré una mañana, rondando la bugambilia. Se mantuvo en el aire al verme unos segundos, olvidando la flor. Seguí caminando y se acercó a mí. Pude ver sus colores brillar con el sol, mientras volaba alrededor mío, contándome historias. El colibrí y yo nos hicimos amigos. Nunca sabía cuándo lo vería, aparecía en cualquier momento, así como desaparecía. Siempre me regalaba alegría en instantes, nunca estaba quieto.

Un día supe que mi colibrí me amaba, algo extraño, pues un colibrí es un alma solitaria. En mi ignorancia, no entendía que yo también amaba su alegría, lo impredecible de su vuelo, lo fuerte y frágil de su bellísima figura. Mi colibrí siguió visitándome un tiempo y luego desapareció. Poco a poco su ausencia se fue haciendo más grande y más pesada, insoportable y una mañana desperté sabiendo que yo también amaba a mi colibrí. Lo busqué, lo esperé, pero no regresó. Cada mañana miraba a la ventana, esperando encontrarlo. Así se fueron los días, las primaveras.

Un día mi colibrí volvió. Se veía distinto, más fuerte, los colores de sus plumas eran más brillantes y hermosos. Me contó historias, volando a mi alrededor. Me envolvió de amor, de ese amor que se siente desde el primer instante. Mi colibrí y yo nos enamoramos.

Amar a un colibrí no es fácil. Esa pequeña criatura, tan frágil, tan fuerte, ese mensajero de deseos, en un solo vuelo puede traerme el mundo entero.

El tiempo

Arrastra los días

Las horas le pesan

No pasa ni cuenta

Ni ratos ni dueños

 

Avienta un recuerdo

Insiste enloquece

Se esconde en la lluvia

Detrás de la noche

Entre los versos

Bajo las notas

 

Y roba sueños

Empuja se calla

Se burla se cansa

Se aleja

Me declaro ignorante respecto a la danza. Pero no respecto a la belleza. Y esta noche  pude apreciar un espectáculo hermoso, que mostró la belleza a cada segundo. La Gala de ballet de Elisa Carrillo & Amigos en el Palacio de Bellas Artes, en la que terminé el festejo por mi cumpleaños número cuarenta, fue una total muestra de belleza, fuerza y armonía incomparables.

Desde el momento en que subió el telón y apareció la primera pareja en el escenario, entré a un mundo etéreo. La figura frágil de la bailarina, leve como una hoja, flotando sobre el escenario, como la muñeca en una caja de música, me atrapó.

En muchos momentos me sumergí en el movimiento de los bailarines, absorta en cada movimiento acompasado, siguiendo las formas que creaban en una sola figura, siguiendo las notas. Pero quedé conmovida hasta las lágrimas en la pieza en la que se vio pasar el amor y la vida en cada movimiento, la vida hasta su final, “Simple things”, una versión de “Las simples cosas”. Katerina Kukhar y Alexander Stoianov, primeros bailarines del Ballet de Ucrania se convirtieron en una pareja que contaba retazos de recuerdos que sentí hasta lo más profundo, mientras se escuchaban los versos en la voz de Chavela Vargas, “… que el amor es simple y a las cosas simples las devora el tiempo… uno vuelve siempre a los viejos sitios donde amó la vida…”.

La danza contemporánea tuvo sitio propio en el espectáculo; una de las piezas memorables contó lo absurdo que somos los seres humanos en el juego que jugamos sin parar al intentar entender siquiera de qué trata el amor. “El sofá”, interpretada por la propia Elisa, Mikhail Kaniskin -su esposo- y Michael Banzhaf, del Ballet de Berlín, contuvo el buen humor de la noche e hizo la diferencia.

El lugar de oro, si es que así se puede nombrar, lo llevó el ballet folklórico. Primero, la danza del venado, en la que Fausto, del Ballet Folklórico de México de Amalia Hernández, dejó el alma en el escenario por la pasión y la fuerza de su danza. Y al final de la segunda parte del programa, el escenario se llenó de mariposas de colores que flotaban y volaban al ritmo de los Sones de Michoacán, en una versión distinta, sin zapateado, con la cadencia perfecta de las bailarinas del Ballet Folklórico de Amalia Hernández, acompañando a Elisa Carrillo. Un verdadero regalo a la vista y al corazón que ama a su patria.

Una a una cada pieza y cada pareja de bailarines demostró más que destreza, fuerza, la conexión entre sí, la disciplina y el trabajo impresionantes. Cada una comparable sólo con la perfección. Una delicia el regalo de Elisa Carrillo al compartir el escenario y su cultura con algunos de los mejores bailarines del mundo, del Ballet Bolshoi, el de Nueva York, de Ucrania, de Münich, de Berlín, el Karlsuhe y por supuesto, el Ballet Folklórico de México de Amalia Hernández.

La belleza que puede crear el ser humano es inevitable. Un solo movimiento puede contener todas las emociones, una y todas las historias, puede entrar en la mente y en el alma directamente para colocar ahí todo aquello que las palabras son incapaces de expresar.

Sin duda alguna, la mejor noche para celebrar el inicio de la segunda mitad de mi vida.

Ninguna vida está libre de dolor. Tarde o temprano éste llega; a veces se anuncia, a veces entra sin hacer ruido y al darse la vuelta, está sentado al lado, acompañando en el tiempo. Se dice que el dolor es inevitable, el sufrimiento es opcional. Depende de cómo se asuma la desgracia.

El amor, el dolor, la vida y la muerte conviven en la película “Sabrás qué hacer conmigo”. Esta frase, extraída de la novela “El largo adiós”, de Raymond Chandler, se sumerge al fondo de la historia, como los protagonistas lo hacen en la profundidad del mar y en una relación amorosa que les golpea de pronto, sin anuncio. Como el dolor en el que ambos conviven. Nicolás, por la enfermedad; Isabel, por un duelo no superado por su madre y por ella misma.

Él, sin embargo, ama la vida y la concibe como lo que es, un ciclo que sólo puede atraparse y contarse por pequeños instantes en una fotografía. Ella sobrevive, hundida en el dolor familiar por la pérdida, que genera una carga de años sobre sí misma, impidiéndole sentir la vida. El choque del encuentro es complicado. La historia se cuenta por capítulos, desde la perspectiva de cada uno, luego, desde una en común. La enfermedad y el duelo son las caras del sufrimiento en la vida de Nicolás e Isabel, quienes pronto se hallan empatizando con la desgracia del otro. Cada uno con una cojera emocional arraigada, se sostiene del otro, mientras va soltando el miedo.

“Sabrás qué hacer conmigo” se adentra en ese vaivén, mostrando sin sentimentalismo innecesario, cómo el amor toma de la mano al sufrimiento y lo lleva con todo cuidado fuera de la vida.

Dice Victor Frankl en “El hombre en busca de sentido”, que el sufrimiento ocupa toda el alma y la conciencia del hombre tanto si el sufrimiento es mucho como si es poco. El amor es capaz de dar confianza, de sanar, de hacer crecer. El amor no solamente hace tolerable hasta el más infame de los sufrimientos; el amor trasciende el tiempo, el espacio y la vida.

 

Madurar el tiempo

Una bolsa para madurar
Una bolsa de esas que se usan
Donde meter un fruto verde
Una de esas quisiera usar
Meter el tiempo
Que no sirve no pasa
No crece no madura

Una bolsa para madurar
Que lo vuelva viejo
Que lo oculte lo marchite
Lo encanezca lo agote
El tiempo ese tiempo
En que no estás en que no estamos
Que no sirve no pasa no vuelve