Crónica

Más en Dios que en el psiquiatra

Era una casa semivacía en una colonia de Iztapalapa, en la calle caminaban niños con sus madres al salir de la escuela. Nos recibió Ismael, un joven de veintitantos años y la única persona dentro de la casa. Nos dirigimos casi de inmediato a las escaleras. No había nada que ver en la planta baja y el objetivo de la visita era mostrarme la habitación en la que, según Mario me había contado, se realizaban actividades del cuarto y quinto pasos de Alcóholicos Anónimos. Mario era un padrino, sobrio desde hacía algunos años.

La habitación estaba en la planta alta, y era más grande y más obscura de lo que imaginaba. El piso tenía grava, en la pared del fondo había una figura imponente de Cristo crucificado y nada más. Mario esperó afuera, me pidió que no tomara fotos. El ambiente denso, encerrado, pesado, me permitió permanecer poco tiempo. Reproduje en mi mente las escenas que él me había contado que sucedían continuamente ahí, en donde, con arrepentimiento, quienes entraban buscaban perdón por actos cometidos bajo la influencia de sustancias. Después seguía la excursión a un lugar apartado de la ciudad; ahí, ante la provocación violenta de varios días, no eran pocos quienes aseguraban tener visiones divinas, y lamentar con vergüenza su condición humana. Él mismo había tenido una revelación.

Al bajar, Ismael accedió a contarme sobre su sobriedad y su adoración a la Santa Muerte. Ella es mi niña, me ha ayudado a salir de las drogas, dijo con fervor. Esto se podría decir que es mi amuleto, me mostró un libro rojo que yo no podía tocar. Colocó el libro sobre el asiento de una silla para que lo fotografiara y después, con mayor confianza, me mostró la figura de su niña tatuada en toda la espalda. Más tarde Mario,me diría que aquel joven de mirada tranquila, era uno de tantos que habían cometido asesinato.

Salí de la casa con más preguntas que respuestas. El cuarto paso de AA implica hacer un inventario moral de sí mismo sin temor, y el quinto, admitir ante Dios, ante sí mismo y ante otro ser humano, la naturaleza de los defectos propios.

La raíz de las adicciones tiene muchas caras, uno de los factores de riesgo es la predisposición a los trastornos mentales, lo cual convierte a la adicción en un trastorno dual. El trasfondo de la adicción en muchos pacientes podría ser la depresión o la ansiedad no tratadas o en casos más graves, los trastornos afectivos como el trastorno bipolar, el trastorno esquizoafectivo, el trastorno límite de la personalidad. Identificar las causas y tratar los síntomas es factible con trabajo terapéutico y fármacos. Sin embargo, los métodos utilizados en los llamados “anexos del cuarto y quinto pasos de AA”, cuya existencia desconoce y rechaza la misma organización, tienen una larga tradición, y vehementes defensores y voluntarios comprometidos, que devuelven la gracia lograda en sí mismos ayudando a otros.

La razón por la que estos métodos “funcionan”, me explica Luis Burguete, especialista en salud mental, es porque la catarsis genera desahogo a través de la culpa, se obtiene el perdón a sí mismo y a los otros, se liberan emociones. Las adicciones, dice, permiten a las personas acceder a su bagaje ontológico o cognitivo sin tanto juicio, la personalidad puede transformarse. El problema surge cuando después de esa liberación se taponan las emociones, el trabajo terapéutico no termina con la catarsis. Además, asumir a Dios como una figura de autoridad que castiga y reprimir mediante violencia física y psicológica puede promover otro tipo de adicciones.

En México, la adicción a sustancias se concibe como debilidad de carácter, se oculta, es tabú, es motivo de vergüenza. Aquellas familias donde ocurre no lo cuentan, o lo cuentan a voces, a veces con culpa, a veces con burla; al tío “borracho” que en las reuniones se transforma y deshace la armonía, se le señala, se le rechaza.

Sin embargo, una adicción es una enfermedad crónica, compleja, que se produce al converger varios factores que la disparan. Los trastornos relacionados con el consumo de sustancias como el alcohol se encuentran clasificados en el Manual Diagnóstico y Estadístico de los Trastornos Mentales, aún así, no cambia su percepción en un país en el que el estigma hacia la enfermedad mental es el segundo más alto en el mundo. En este país, además, devoto, en donde la atención a la salud mental está en el último lugar—y una sola consulta con un especialista significa meses de espera en la seguridad social o el costo de la despensa de una familia en la consulta privada, sin mencionar los medicamentos psiquiátricos o una estancia en una clínica—Dios es el único recurso al que, en la desesperación, muchas familias pueden recurrir. No obstante, un porcentaje sin estimación precisa de personas sometidas a las actividades secretas de estos lugares comete suicidio. Ismael ha tenido suerte, aún siendo la Santa Muerte un dios distinto, su terapia le ha funcionado.

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Tejerse a sí mismo

Me encuentro con el cuento de Silvina Ocampo “Hombres animales enredaderas” con más que cuento fantástico, casi un cuento de terror, en el que algo desconocido, sobrenatural, va creciendo a lo largo de la historia.

El personaje sin nombre inicia la historia como sobreviviente de un accidente aéreo. Optimista, evalúa el tiempo que podrá sobrevivir con las provisiones que recupera; mientras se adapta a su nueva forma de vida que cree temporal, entrelaza su vida cotidiana en la historia. El pensamiento de quien pasa por la vida despreciando su buena fortuna se percibe desde su reflexión sobre la despreocupación por los alimentos en su vida normal y la burla por las huelgas de hambre y el ayuno. Se descubre sorprendido al regañarse a sí mismo por emborracharse hasta casi perder esas provisiones que pueden prologar su supervivencia lo suficiente para ser rescatado.

 “No supuse que celda y selva se parecieran tanto, que sociedad y soledad tuvieran tantos puntos de contacto.”

Mientras pasa el tiempo indefinidamente, el lugar se va convirtiendo en una selva-celda, y comienza a reflexionar acerca del poco valor que antes daba a su vida, hasta haber llegado al pensamiento suicida. En sus divagaciones recuerda pasajes de su infancia y lo repugnante de la ciudad en donde vivía. Recuerda constantemente unos ojos misteriosos que más adelante se entiende que pertenecían a una mujer con la que hablaba justo antes del accidente y quien al parecer no entendía una palabra. Hasta ahí el escenario no está aún fuera de la realidad. Es cuando el sueño comienza a dominarlo que me pregunto en qué mundo se encuentra.

Y es entonces que las enredaderas comienzan a crecer por la historia hasta someterlo a su insistente crecimiento. Intenta matarlas sin lograrlo, y se pregunta si es el aroma el que lo intoxica y por eso es que duerme tanto. Comienza a medir el tiempo a través del crecimiento del intrincado tejido de las plantas, que parecen intentar engullirlo. Como en el síndrome de Estocolmo, el personaje llega a un lugar de familiaridad con esta casi caricia forzada de las enredaderas, que imita la actividad que pareciera inútil, de tejer con ellas.

En mi propia divagación imagino que la historia usa la fantasía para reflejar vicios humanos; el desprecio y la soberbia de los hombres en su vida banal e irreflexiva que finalmente envuelven al personaje hasta comenzar a tejerse con las enredaderas a sí mismo.

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Sobre “Los objetos” de Silvina Ocampo

La memoria no es infinita, hay una razón biológica para que no lo sea. Así como los sentidos se agotan cuando existen estímulos permanentes o intensos, la memoria se cansa, se satura, el cerebro no toleraría tal acumulación. A esta reflexión me lleva el cuento de Silvina Ocampo, “Los objetos”. La memoria es finita porque lo contrario llevaría a la pérdida de la cordura.

En una primera lectura encuentro la tensión narrativa cuesta arriba para centrar la idea. Dándome tiempo para digerirlo, me permito recordar la sensación que causa perder objetos preciados. La autora da a los objetos un carácter de entes que pueden causar daño por sí mismos, pero no alcanzaba a comprender por qué.

Perder un objeto preciado causa frustración y quizá angustia porque está ligado a memorias, recortes de vida, cuando el objeto preciado lo es por ese valor simbólico. Perder el objeto pareciera dejar ir esa parte de la vida a la que se aferra la nostálgica mente, la que reconvierte los momentos desechando lo que no gusta y transformándolo en una versión mejor, como los sueños que se reinterpretan en los oneirogramas de Sergio González Rodríguez.  

Quizá los objetos perdidos se pierden porque deben hacerlo, porque al perderse dan énfasis a la memoria a la que se les asocia, cierran capítulos. Recuperar los objetos perdidos, como lo hace Camila Ersky en esta historia, significa recuperar las memorias que están atadas a ellos; recuperarlos todos y con ellos la nostalgia asociada a cada uno cuando ésta ya debía haber cuajado, caducado para el instante de vida actual definitivamente implicaría un infierno.

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Crónica

#8M2020 CDMX

Desde que abordé el tren suburbano me encontré con mujeres que iban hacia la marcha. Una mujer sentada a mi lado vestía una playera color morado, traía una botella con agua en una mano y una cartulina naranja fosforescente en la otra. Algunas viajaban en grupo, vestidas de negro.

Ya cerca del lugar de partida, una más tomaba de la mano a su hija, adolescente, otra iba acompañada de un hombre, unas caminaban solas y con prisa. Los pañuelos verdes al cuello abundaban, aún más los de color morado. A lo lejos se escuchaba la multitud, las consignas.

Nunca había estado en una marcha de mujeres. Nunca había visto a tantas mujeres juntas, muchas jóvenes, muchas no tanto, llenas de energía, gritando, bailando, aplaudiendo. Pensé qué hacía yo a su edad, en qué pensaba, qué me preocupaba.

Tengo en claro que durante mi juventud temprana viví la inseguridad, que evitaba no quedarme sola en el transporte público, que sabía qué hacer si me perdía o que debía tener cuidado cuando un hombre caminaba demasiado cerca de mí. Viví el acoso de primera mano siendo muy joven y por ello tomaba precauciones, pero no recuerdo haber tenido tanto miedo de salir a la calle, de no volver a mi casa.

La ola de gente se movía sin parar y no se podía pasar. Un grupo avanzaba por una calle aledaña, la gran ola se concentraba aún cerca del Monumento a la Revolución. Hacía un buen rato que el primer contingente había partido e intenté buscar a alguno de los que quería sumarme. Desde ese momento fue una constante la señal deficiente o nula en mi servicio de datos de AT&T.

Aquellas chicas tan jóvenes que gritaban y brincaban me hicieron pensar en las aún relativamente pocas alumnas que veo en la escuela de ingeniería todos los días, las mismas que a veces parecen tan pequeñas, tan cercanas al peligro, casi siempre acompañadas por amigos.

Algunas consignas me parecieron demasiado radicales, sin embargo, celebré que pudieran expresarlas. Vi una y otra vez grupos de mujeres vestidas de negro, con la cara tapada, no pocas con la cabeza completamente envuelta en una prenda de ese color, detrás de la cual solamente asomaban sus ojos y pensé en las burkas. Las chicas que veía se vistieron así este día no porque sea parte de su vida el tener que esconderse por su género. Sin embargo, lo hicieron porque también de una u otra manera se consideran víctimas por el mismo motivo.

Es en ese momento de la vida en el que un ser humano debe cuestionar, radicalizarse, reflexionar, volver a radicalizarse, creer firmemente en algo, cambiar de opinión las veces que sea necesario.

Seguí caminando bajo el sol en la marcha aledaña a la principal, a un costado de la gran multitud. Hombres y mujeres caminábamos así. No abundaban las cabelleras canosas, pero las había, así como mujeres maduras en grupos.  Los más valientes, con cámara en mano. Quise haber traído la mía.

Más adelante, la masa de gente se movía al ritmo de una batucada, aplaudida al pasar. Aquellas mujeres tocaban con energía furiosa. No era ninguna fiesta, a pesar del carácter festivo de esa expresión. Me conmovió.

Quise ser más alta para poder mirar mejor. Las pancartas de todos colores, con decenas de mensajes, a veces escritos al reverso de una caja de cartón. También vi cuando los escribían algunas chicas en cartulinas fosforescentes, recargadas en la pared. “No me cuida la policía, me cuidan mis amigas”, “Si te pega, no te quiere”, “Hermana, aquí está tu manada”, se escuchaba una y otra vez. Celebré su energía y su convicción, partiendo del simple hecho de que están vivas y tienen el derecho a expresarse.

Nadie dirigía esta multitud, cada grupo se comandaba a sí mismo, cada uno tenía un propósito, compartía ideas y así las gritaban, aún cuando una que otra del mismo grupo sólo avanzaba sin abrir la boca, porque también así se protesta, en silencio.

La marcha aledaña era la más heterogénea, la menos compacta, éramos las que no encontrábamos algún contingente, las que de cualquier manera queríamos estar presentes. En algún momento simplemente me sumé a la masa, en donde no había división. Y así, sin pancarta y sin consigna, fui parte de esta protesta, que se dividía en perspectivas e ideas, pero que compartía un objetivo en común.

La mujer ha luchado por hacerse escuchar durante siglos. Culturalmente así hemos vivido en mayor o menor medida en este país, en este continente, en este mundo. Es la época en la que a mi generación le ha tocado vivir esta revolución y este reclamo tan fuertemente.

La multitud siguió avanzando y más personas se sumaban a lo largo del flujo interminable. Vi grupos de chicas con pintura en aerosol en mano, escribiendo en letras blancas en el suelo lo que ahora sé que no solo eran consignas, sino nombres de las asesinadas, de las desaparecidas. Otras pintaban las paredes cercanas, algunas más rompían vidrios, mientras desde adentro a algunas las repelían con un extintor. Muchas de ellas eran chicas realmente jóvenes, todas con la cara cubierta. Algunas de las pintas las hacían con plantillas. “Te prefiero violenta que violada/muerta”, fue una de las consignas que más explicaba su determinación.

Un poco más adelante, en donde el cuello de botella se cerraba, decidí salirme, en mi continuo intento por alcanzar al que consideraba mi contingente y también porque no me gustó sentirme atrapada sin avanzar hacia adelante ni hacia atrás. Pasé al lado de los escudos de mujeres policía que resguardaban los monumentos y los sitios más importantes. Escuché a un par de mujeres maduras reclamarles por ello, invitarlas a unirse, resaltar que eso era opresión, que eran “carne de cañón” y que no era de ese lado donde debían estar. Imaginé que algunas, convencidas, saldrían de la fila, pero sabía que no sería así.

Continué unas calles caminando en forma paralela a la marcha, como muchas otras personas. Abundaban las prendas del mismo color que las jacarandas que ya alegran en la ciudad. Mujeres de cabello cano con sus parejas, mujeres con niños, rubios, morenos, todos caminando rumbo a la plancha del zócalo. Percibí de algún modo una postura diferente en los pocos hombres que había entre la mayoría de mujeres, algunos de los cuales también portaban prendas moradas o pañuelos verdes. En una calle, con menos gente, un hombre me extendió un volante y me dijo “con todo respeto, la invitamos a…”, no escuché más por la sorpresa: ¿“con todo respeto”, dijo?

Sin saber, justo evité el bombazo y la estampida por un petardo y el gas lacrimógeno cerca del Barrio Chino, al salirme momentos antes del tumulto. Más adelante, ya cerca de la Catedral había una gran concentración, frente a las que seguían con los destrozos en el Nacional Monte de Piedad. Un camión de bomberos esperaba enfrente. Ellas golpeaban, rompían, pintaban las cortinas cerradas, mientras los que observaban capturaban las imágenes en cámaras de celular o cámaras profesionales. Uno de los que traía una enorme cámara, precavido, portaba un casco.

La Catedral Metropolitana estaba resguardada con mamparas altas de metal y madera. Pasé a un costado, algunos minutos antes de que comenzaran las agresiones que se reportaron en los noticieros más tarde. Me acerqué a la plancha del zócalo, buscando a alguno de los grupos. Frente al Palacio Nacional había un templete sobre el cual un grupo de mujeres hablaba al micrófono. En ese momento tomaron la palabra las mujeres que luchan por los derechos de la discapacidad. En el suelo, cerca del asta, estaban sentadas mujeres con hijos pequeños. Una mujer traducía al lenguaje sordomudo lo que se decía al micrófono.

Más tarde se escucharon los desmanes cerca de la Catedral. Con gritos le indicaban a las del micrófono que estaban echando gas lacrimógeno. Inmediatamente ellas pidieron al gobierno que no se usara la violencia y después reclamaron que se estuviera atacando a las manifestantes. De primera mano supe lo que ahí sucedió, la agresión de las encapuchadas a quienes rezaban y resguardaban la iglesia y la respuesta de la policía. Al micrófono se daba información errónea. Los gritos para detener la violencia continuaban. Algunas, pocas, corrieron al lado contrario.

Continuaron los grupos hablando al micrófono, intercalando testimonios de familiares de víctimas. ¿Cómo no conmoverse ante los gritos de quien nada más tiene que perder cuando ya ha perdido a su hija, a su hermana? Alguien relató que a varias mujeres de su familia las habían asesinado. Más de una vez me conmovieron hasta las lágrimas, no solo los reclamos, sino la respuesta de las que escuchaban, sobre todo cuando a la que hablaba se le quebraba la voz: “No estás sola”, los puños en alto y el silencio.

¿Qué se le puede objetar a una mujer que ha sido víctima de violencia, de violación, de abuso, en su propia casa, en la escuela, en el trabajo, en la calle, en cualquier lugar donde se creía segura? ¿a la que ha esperado con angustia que su hija, hermana, madre o amiga regrese? ¿a quien la ha visto golpeada, aterrada, muda, muerta?

Más tarde, los petardos frente a puerta del Palacio Nacional. No estaba muy lejos, pero ¿cómo me iba a dar miedo si a mi lado había mujeres con sus bebés o niños, mujeres de la tercera edad o en silla de ruedas? Ninguna se inmutó. Por el micrófono nuevamente se dio información errónea, decían “son hombres, compañeras”. Uno, otro bombazo, previo a la llamarada. Los gritos pidiendo un médico porque había una quemada. Al micrófono reclamaban al Estado, luego, que había infiltrados. Se fue el sonido por un rato. Por fin regresó y alguien finalmente pidió a las chicas que pararan la violencia, afirmando que una de ellas había roto el micrófono. Exigieron nuevamente que se dejara pasar a los contingentes que estaban detenidos calles antes del zócalo.

Todos los grupos al micrófono manifestaron su postura, paralela a la general de la marcha. Desde las que reclamaron por los derechos relacionados con la maternidad, las que exigieron equidad laboral, aborto legal y gratuito en todo el país, hasta la que habló del outsourcing y de Romero Deschamps; las anti AMLO, las anarquistas, las anti capitalismo y las anti imperialismo. Había grupos de veganas que pintaron el suelo y las paredes con sus peticiones (“Hermana, hazte vegana”), grupos en pro de la diversidad sexual y de la adopción monoparental y contra el patriarcado. Las más conmovedoras siempre fueron las que dieron testimonio por las muertas, las que gritaron su nombre y reclamaron con gritos desesperados, como los hashtags en las playeras de algunos grupos. Todas las voces se escucharon, por turnos y con respeto. Cada grupo demandó desde la perspectiva de sus convicciones particulares, pero alentadas en común por la violencia hacia las mujeres en todos los ámbitos y ante la situación extrema de que su vida esté en riesgo solo por su género.

A mi regreso, antes de que oscureciera, los destrozos eran cuantiosos. Los vidrios se acumulaban por montones, los letreros de colores con los nombres de algunas de las asesinadas -Fátima, Ingrid-, reclamos, insultos, también en la escultura de la Torre del Caballito. Las puertas de cristal de una plaza comercial estaban hechos pedazos, mismos que barría el personal de seguridad. Las vallas improvisadas no sirvieron de mucho ante la furia de aquellas manifestantes, solo el Hilton, con los altos escudos de metal color azul casi quedó sin daños. Oficinas de gobierno, esculturas, locales comerciales, edificios, todos por igual, tal como en muchas otras manifestaciones no pacíficas; hubo caos, heridos, división y violencia, pero abundó el respeto y la sororidad.

Personal de limpieza, vestido con su overol verde fosforescente, había comenzado a barrer y limpiar o pintar paredes. Olía a tíner cerca del Monumento a la Revolución. Ninguno se quejaba, solo hacían su trabajo. Abajo había un concierto de un grupo de metal en vivo y más allá bailaban los concheros. Todos ajenos a lo que pasó unos kilómetros atrás.

Decidí firmemente ir a esta marcha justo cuando me di cuenta de que me daba miedo tan sólo llegar ahí y estar ahí, no solo por los rumores de ataques que hubo los días previos. No es posible vivir así solo por el hecho de ser mujer. Y no hablaré aquí de todas las desventajas y consecuencias que ello implica, que se han discutido hasta el cansancio. El machismo, el sexismo y la violencia contra la mujer no son nada nuevo, están enraizados y normalizados profundamente en hombres y mujeres desde hace tantas generaciones, que a veces no somos conscientes de ello. Tampoco discutiré sobre los intereses mezclados, pues es evidente que los grupos que quisieron expresarse, pudieron hacerlo, en la forma en la que lo desearon.

Después de esta experiencia, me queda claro que muchas mujeres de diferentes generaciones hemos entendido finalmente que no hay ni habrá otra manera, más que alzar la voz, cuando aún la tenemos.

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Desintoxicar el corazón. Las adicciones y el budismo

Las adicciones están consideradas como una enfermedad cuyo origen está en el cerebro. No es una mala elección, no es debilidad de carácter. Las personas que padecen una adicción deben luchar fuertemente para aceptar la enfermedad y recibir ayuda, tanto un tratamiento psiquiátrico, como una terapia. Usualmente este padecimiento está acompañado de otra enfermedad mental, como trastornos de ansiedad, depresión, trastorno bipolar, entonces se le denomina trastorno dual. En esos casos el tratamiento debe realizarse en forma simultánea, situación que se complica, ya que no es fácil diagnosticarlo y no abundan instituciones y especialistas.

Es común pensar que una persona que padece una adicción es adicta a sustancias ilegales, a drogas legales, como el alcohol o el tabaco, al juego, al sexo, a la pornografía. Quizá también se piensa en la adicción al trabajo, a la comida, a las compras y últimamente, a las redes sociales. Pero en general no se considera adicto al que tiene cualquier otra conducta o pensamiento compulsivos, sean cuales sean éstos.

Sin embargo, aún cuando existen las adicciones que implican una enfermedad que debe tratarse por ser potencialmente dañina y mortal, aquello que buscamos todos para distraernos de la ansiedad que genera el vacío interno inevitable, podría ser también una adicción. Eso que usamos para ocultar debajo las sensaciones y pensamientos desagradables.

Sin esto último en mente, asistí a un taller para el manejo de las adicciones en el Centro Budista de la CDMX. Me animaba aprender como voluntaria de una asociación pro salud mental y vaya que salí con aprendizaje. Como siempre, pude reconocer que sé muy poco. Esta vez aprendí también que no me conozco tanto en realidad. El taller estaba basado en al menos dos libros de Valerie Mason-John, “Desintoxica tu corazón” y “Mindfulness y las adicciones”, además de algunos principios budistas, que, es relevante señalar, no implican lo religioso, sino una filosofía de vida.

Esta escritora y periodista, cuya historia de vida le da credenciales para hablar de lo que habla, es budista y presidenta del Centro Budista de Vancouver.

Desde el inicio del taller, que duró dos días y que la autora consideraba un “retiro urbano”, pensé que Valerie es una mujer que motiva curiosidad con su forma de hablar. Hay que escuchar con atención para comprender el mensaje que quiere transmitir con sus preguntas, con las historias que plantea, con los ejercicios que propone. Genera reflexión. Para la cultura occidental son extrañas algunas prácticas, como las del budismo en general. Sin embargo, como lo insiste ella misma y aquellos que conocen y practican el budismo, no se trata de convencer, sino de intentarlo por sí mismo y ver los resultados. Ahora puedo decir que esos resultados se perciben, sin necesidad de razonarlos.

Entre las charlas en las que explicaba acerca del comportamiento adictivo y cómo es necesario «desintoxicar» el corazón de las «toxinas» que provoca el pensamiento cuando interpreta lo que percibimos, nos invitó a realizar algunos ejercicios. Uno de los primeros implicaba imaginar que se expulsaban las toxinas del cuerpo a través de la exhalación. Me vino a la mente una de las escenas de la película “The Green Mile”. En otros teníamos que hablar de nosotros mismos, como alguien que nos aprecia lo haría. Parece fácil, pero en realidad si uno no goza de un ego saludable o es demasiado modesto, no es sencillo. Siempre es mucho más fácil hablar acerca de lo que apreciamos en el otro.

Particularmente, en un ejercicio que llamó mi atención por su naturaleza, debíamos colocarnos en círculo y hacer un canto muy corto en pali, que implicaba desear el bien a todos los seres («Sabbe satta sukhi hontu»). Poco a poco las voces de alrededor de treinta y cinco personas comenzaron a alinearse e inmediatamente se sintió una energía poderosa en el salón. Repetíamos el mantra sin reconocer el significado puntual de las palabras que cantábamos, no hacía falta, se percibía la intención. La siguiente parte trataba de que un grupo de seis u ocho personas se sentara al medio, en otro círculo, mientras que el resto los rodeábamos y continuábamos con el mantra, que, repetido una y otra vez en una melodía, era como un arrullo. Todos quienes estábamos ahí, lo estábamos por entender algo, todos tenemos en común el sufrimiento, sin ninguna medida de comparación, solo somos seres humanos. No es necesario entender las palabras, cuando la intención es clara. Y lo fue tanto, que más de uno se conmovió hasta las lágrimas.

Esta escritora, periodista, actriz, budista, instructora de mindfulness, dijo algo que me dejó pensando. Todos tenemos las respuestas, todos potencialmente sabemos, pero no siempre queremos enfrentarlo. Es el miedo el que toma el control.

Otros ejercicios incluían mindfulness y la meditación budista de amor incondicional (Metta Bhavana). Algunos fueron mucho más cercanos y comprensibles para la cultura occidental, pero no por ello menos impactantes, promoviendo reflexiones profundas y el autoconocimiento. Me hicieron entender que cuesta cultivar el amor propio y que muchas conductas que pasan desapercibidas, en realidad son tratos desconsiderados hacia nosotros mismos. Desde noches de desvelo innecesario, o alimentar al cuerpo desconsideradamente y en general no procurar el autocuidado de cuerpo y mente, hasta vivir sabiendo que aquello que lastima podemos evitarlo y no lo hacemos, porque el miedo al sufrimiento por dejarlo es más grande.

Después de ese fin de semana, toda la carga y el estrés que sentí las semanas anteriores dejaron a su paso solo lo adolorido del cuerpo. Como el día después de haber tenido migraña, ya no es el mismo dolor, sino uno mucho más ligero, ese que alivia y hace respirar profundamente. Algo parecido a la calma. Ese par de días significaron un sacudidón de emociones que llegaron a mi mente y a mi cuerpo y de algún modo se llevaron algo de lo que me ha ido cerrando el corazón. Con el corazón un poquito abierto recuerdo el placer de escribir, de apreciar las cosas pequeñas.

En la lectura de uno de los libros de la escritora, “Desintoxica tu corazón” (Editorial Kairós), me encontré reflexionando sobre mi pensamiento y la forma en que éste toma el control e interpreta las emociones, contándome historias que no siempre son la mejor interpretación de la realidad. Concientizar sobre ello, junto con la meditación, me han parecido estrategias potencialmente poderosas para enfrentar la ansiedad y vivir mejor.

“La verdadera libertad está en no hacer nada”. Si nos permitiéramos eso, sin sentir culpa, sin enfocarnos en el mañana, en los tantos pendientes, en la angustia de los que no se resolverán… quizá experimentaríamos un poco ser libres. Libres del pensamiento tóxico que contamina el cuerpo, el corazón y la mente y nos obliga a operar desde lo práctico, lo funcional, como autómatas. Y vamos resolviendo y resolviendo y siendo funcionales y exitosos, mientras que el ser que somos realmente, se empequeñece, se calla y se apaga, cansado de preguntar sin obtener respuestas, porque es a quien menos se quiere atender, porque es molesto, porque pregunta sobre lo que nadie quiere hablar, lo doloroso, lo profundo.

Dejar aquello que causa adicción, de acuerdo con las palabras de Valerie Mason-John, causa sufrimiento. Pero permanecer con ello, causa aún más sufrimiento, que a veces puede costar la vida.

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Las cosas quietas

Estaba sentada, inmóvil, envuelta en una cobija, pasaba la mirada por la estancia. Sentía el tiempo pasar, ¿o sentía que no pasaba? A lo lejos del silencio de la noche, solo ladraba un perro.

Las cosas, cualesquiera, estaban ahí, inmóviles. No se movían, aunque el mundo lo hiciera. Estaban estáticas, como palillos chinos, una tocando a la otra, bien acomodadas o mal puestas, era exactamente lo mismo. No se movían. Ni las hojas vivas de las plantas lo hacían, permanecían flotando unidas a la rama, todo el tiempo.

Y entonces el tiempo empezó a pasar. El tiempo pasado caminó al presente, en cada cosa colocada en ese lugar. Vi al tiempo pasar sobre esas cosas inmóviles e inertes. El tiempo, antes estático e inmóvil, sobre las cosas quietas.

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Mi desvarío

Amar a un colibrí

Lo encontré una mañana, rondando la bugambilia. Se mantuvo en el aire al verme unos segundos, olvidando la flor. Seguí caminando y se acercó a mí. Pude ver sus colores brillar con el sol, mientras volaba alrededor mío, contándome historias. El colibrí y yo nos hicimos amigos. Nunca sabía cuándo lo vería, aparecía en cualquier momento, así como desaparecía. Siempre me regalaba alegría en instantes, nunca estaba quieto.

Un día supe que mi colibrí me amaba, algo extraño, pues un colibrí es un alma solitaria. En mi ignorancia, no entendía que yo también amaba su alegría, lo impredecible de su vuelo, lo fuerte y frágil de su bellísima figura. Mi colibrí siguió visitándome un tiempo y luego desapareció. Poco a poco su ausencia se fue haciendo más grande y más pesada, insoportable y una mañana desperté sabiendo que yo también amaba a mi colibrí. Lo busqué, lo esperé, pero no regresó. Cada mañana miraba a la ventana, esperando encontrarlo. Así se fueron los días, las primaveras.

Un día mi colibrí volvió. Se veía distinto, más fuerte, los colores de sus plumas eran más brillantes y hermosos. Me contó historias, volando a mi alrededor. Me envolvió de amor, de ese amor que se siente desde el primer instante. Mi colibrí y yo nos enamoramos.

Amar a un colibrí no es fácil. Esa pequeña criatura, tan frágil, tan fuerte, ese mensajero de deseos, en un solo vuelo puede traer el mundo entero.

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Mi desvarío

El tiempo

Arrastra los días

Las horas le pesan

No pasa ni cuenta

Ni ratos ni dueños

 

Avienta un recuerdo

Insiste enloquece

Se esconde en la lluvia

Detrás de la noche

Entre los versos

Bajo las notas

 

Y roba sueños

Empuja se calla

Se burla se cansa

Se aleja

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