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Me declaro ignorante respecto a la danza. Pero no respecto a la belleza. Y esta noche  pude apreciar un espectáculo hermoso, que mostró la belleza a cada segundo. La Gala de ballet de Elisa Carrillo & Amigos en el Palacio de Bellas Artes, en la que terminé el festejo por mi cumpleaños número cuarenta, fue una total muestra de belleza, fuerza y armonía incomparables.

Desde el momento en que subió el telón y apareció la primera pareja en el escenario, entré a un mundo etéreo. La figura frágil de la bailarina, leve como una hoja, flotando sobre el escenario, como la muñeca en una caja de música, me atrapó.

En muchos momentos me sumergí en el movimiento de los bailarines, absorta en cada movimiento acompasado, siguiendo las formas que creaban en una sola figura, siguiendo las notas. Pero quedé conmovida hasta las lágrimas en la pieza en la que se vio pasar el amor y la vida en cada movimiento, la vida hasta su final, “Simple things”, una versión de “Las simples cosas”. Katerina Kukhar y Alexander Stoianov, primeros bailarines del Ballet de Ucrania se convirtieron en una pareja que contaba retazos de recuerdos que sentí hasta lo más profundo, mientras se escuchaban los versos en la voz de Chavela Vargas, “… que el amor es simple y a las cosas simples las devora el tiempo… uno vuelve siempre a los viejos sitios donde amó la vida…”.

La danza contemporánea tuvo sitio propio en el espectáculo; una de las piezas memorables contó lo absurdo que somos los seres humanos en el juego que jugamos sin parar al intentar entender siquiera de qué trata el amor. “El sofá”, interpretada por la propia Elisa, Mikhail Kaniskin -su esposo- y Michael Banzhaf, del Ballet de Berlín, contuvo el buen humor de la noche e hizo la diferencia.

El lugar de oro, si es que así se puede nombrar, lo llevó el ballet folklórico. Primero, la danza del venado, en la que Fausto, del Ballet Folklórico de México de Amalia Hernández, dejó el alma en el escenario por la pasión y la fuerza de su danza. Y al final de la segunda parte del programa, el escenario se llenó de mariposas de colores que flotaban y volaban al ritmo de los Sones de Michoacán, en una versión distinta, sin zapateado, con la cadencia perfecta de las bailarinas del Ballet Folklórico de Amalia Hernández, acompañando a Elisa Carrillo. Un verdadero regalo a la vista y al corazón que ama a su patria.

Una a una cada pieza y cada pareja de bailarines demostró más que destreza, fuerza, la conexión entre sí, la disciplina y el trabajo impresionantes. Cada una comparable sólo con la perfección. Una delicia el regalo de Elisa Carrillo al compartir el escenario y su cultura con algunos de los mejores bailarines del mundo, del Ballet Bolshoi, el de Nueva York, de Ucrania, de Münich, de Berlín, el Karlsuhe y por supuesto, el Ballet Folklórico de México de Amalia Hernández.

La belleza que puede crear el ser humano es inevitable. Un solo movimiento puede contener todas las emociones, una y todas las historias, puede entrar en la mente y en el alma directamente para colocar ahí todo aquello que las palabras son incapaces de expresar.

Sin duda alguna, la mejor noche para celebrar el inicio de la segunda mitad de mi vida.

Ninguna vida está libre de dolor. Tarde o temprano éste llega; a veces se anuncia, a veces entra sin hacer ruido y al darse la vuelta, está sentado al lado, acompañando en el tiempo. Se dice que el dolor es inevitable, el sufrimiento es opcional. Depende de cómo se asuma la desgracia.

El amor, el dolor, la vida y la muerte conviven en la película “Sabrás qué hacer conmigo”. Esta frase, extraída de la novela “El largo adiós”, de Raymond Chandler, se sumerge al fondo de la historia, como los protagonistas lo hacen en la profundidad del mar y en una relación amorosa que les golpea de pronto, sin anuncio. Como el dolor en el que ambos conviven. Nicolás, por la enfermedad; Isabel, por un duelo no superado por su madre y por ella misma.

Él, sin embargo, ama la vida y la concibe como lo que es, un ciclo que sólo puede atraparse y contarse por pequeños instantes en una fotografía. Ella sobrevive, hundida en el dolor familiar por la pérdida, que genera una carga de años sobre sí misma, impidiéndole sentir la vida. El choque del encuentro es complicado. La historia se cuenta por capítulos, desde la perspectiva de cada uno, luego, desde una en común. La enfermedad y el duelo son las caras del sufrimiento en la vida de Nicolás e Isabel, quienes pronto se hallan empatizando con la desgracia del otro. Cada uno con una cojera emocional arraigada, se sostiene del otro, mientras va soltando el miedo.

“Sabrás qué hacer conmigo” se adentra en ese vaivén, mostrando sin sentimentalismo innecesario, cómo el amor toma de la mano al sufrimiento y lo lleva con todo cuidado fuera de la vida.

Dice Victor Frankl en “El hombre en busca de sentido”, que el sufrimiento ocupa toda el alma y la conciencia del hombre tanto si el sufrimiento es mucho como si es poco. El amor es capaz de dar confianza, de sanar, de hacer crecer. El amor no solamente hace tolerable hasta el más infame de los sufrimientos; el amor trasciende el tiempo, el espacio y la vida.

 

Madurar el tiempo

Una bolsa para madurar
Una bolsa de esas que se usan
Donde meter un fruto verde
Una de esas quisiera usar
Meter el tiempo
Que no sirve no pasa
No crece no madura

Una bolsa para madurar
Que lo vuelva viejo
Que lo oculte lo marchite
Lo encanezca lo agote
El tiempo ese tiempo
En que no estás en que no estamos
Que no sirve no pasa no vuelve

Una noche cualquiera
Sin luna sin ladridos de perros
Elijo el pedazo de cielo
En donde pienso
Te pienso
En donde estás allá lejos
Sin luna sin ladridos de perros

Y vuelvo a mi sueño sin sueño
Una noche cualquiera
Envuelvo mi alma
En un pedazo de cielo
En donde pienso
Te pienso
Sin luna sin ladridos de perros

“El Ruiseñor” llegó a mis manos a través de un folletito que venía en la bolsa de los libros que compré como regalo del día del maestro. Me pareció curioso el formato con pequeñas hojas y pensando que sería un cuento corto, en un descanso de un fin de semana de trabajo, lo tomé y me senté en la sillita mecedora.

No pude parar de leer. En sus primeros párrafos pasaron frente a mi las escenas, vi cada detalle y sentí genuina cada emoción de cada personaje, me pareció tan real y familiar. Leí rápidamente las dos partes, llegué pronto a la última palabra y quedé en completo suspenso.

La maravilla de los libros electrónicos permitió que ante mi curiosidad inmensa, no tuviera que esperar a ir a la librería. En momentos ya tenía el libro disponible en Kindle, por menos de la mitad del precio del libro impreso. Los siguientes días se removieron mis pensamientos y sentimientos con lo que veía pasar ante mi: la crudeza de la guerra, relatada desde la perspectiva de cada personaje, la decadencia paulatina, la desesperanza.

Contar cualquier historia inmersa en una guerra necesita partir de la vida durante tiempo de paz; desde ese contraste una historia de ficción se convierte en realismo. No hay dónde esconder la realidad.

La novela relata la vida alrededor de una familia, los Rossignol, y describe la transición de su vida que surge de la situación extrema que significa la guerra. Julien Rossignol, su esposa y sus dos hijas son una familia común en Francia a principios del siglo XX. La Gran Guerra comienza a transformar la existencia de los cuatro personajes, comenzando desde el padre, poeta, quien debe cumplir su deber defendiendo a su patria.

El resto de la historia se cuenta a través de la vida de las hermanas; al quedar huérfanas de madre y huérfanas de hecho, del padre. La más pequeña, Isabelle, una joven rebelde, ansiosa del cariño y aceptación que perdió desde sus primeros años y Vianne, quien pronto encontró en quién aferrarse en el mundo. Nuevamente la guerra, el personaje más despiadado de la historia, entra en escena para arrasar el curso normal de las cosas. La historia parece repetirse, hacia 1939, aún cuando Vianne se aferra a ocultar la realidad con la perfección de su vida actual en un pueblo francés.

Ambas se convierten en heroínas desde su propia historia; Isabelle encuentra por primera vez un verdadero motivo para dejar salir su esencia rebelde forjada ante el rechazo emocional con el que creció, en la resistencia ante la ocupación alemana. Mientras que Vianne debe descubrir su propia fortaleza y asumir el papel que se le impone para sobrevivir, protegiendo a su hija única, esperando la vuelta de su esposo, antes cartero, ahora soldado. El carácter de ambas se vislumbra formado esencialmente como víctimas de la guerra, esa Primera Guerra, que las convirtió en víctimas no mortales, sino parte del daño colateral del horror.

Se cuenta la historia paralela de quienes no estaban al frente de la batalla, también héroes, también luchadores. Personas comunes para quienes ese periodo histórico dejó mucho más daño que un arma, cualquiera que ésta fuera, que mata de inmediato. El daño paulatino de su consciencia saca a relucir la verdadera esencia humana, de la que cada uno está hecho. Más allá del cuerpo, lo que queda, el alma, el espíritu. Tan fuerte o no, tan valeroso, tan frágil, tan llevado al extremo.

Orientada particularmente al papel que tuvieron las mujeres en este exilio doméstico, quienes en su propia capacidad y con sus propias armas sostuvieron la vida propia, de sus familias y de aquellos a quienes ayudaron a sobrevivir y a persistir en la historia, tal como el pueblo judío. Una de ellas yendo aún más lejos, el personaje perfecto para realizar una hazaña fuera de toda proporción para su figura y papel de mujer joven y hermosa.

Más allá del drama, el realismo puro de la historia ambientada en plena Segunda Guerra Mundial, que se cuenta en gran medida desde las emociones y la psicología de los personajes, es crudo y claro, tanto como para permitir una historia de amor tan real que pudo haber sido tomada de una historia verídica.

La noche que termino de leerla, coincide con la elección como película de fin de semana de “Ha vuelto”, en la que precisamente ese personaje de la novela poco mencionado pero innegablemente presente, Adolfo Hitler, es el principal.

Tardé un tanto en comprender el sentido de esta película y ante mi desconfianza por lo que estaba viendo, me sorprendí inmensamente al entender mi propia versión del trasfondo de la misma. La trama de desenvuelve desde la interrogante de lo que pasaría en el mundo actual si de la nada reapareciera aquel sorprendentemente controversial personaje de la historia, tal y como fue hace más de 70 años, tan inverosímil e increíble como la reacción de los ciudadanos alemanes.

La película retrata la verdadera naturaleza de lo que hoy sigue siendo el ser humano y cómo, no importa el tiempo que haya pasado, seguimos siendo lo mismo. A pesar del horror indescriptible del Holocausto, tantas personas el día de hoy visualizan a Hitler como el personaje, tan respetable e imponente como debe ser un líder. Algunas reacciones reales de la persona de a pie, quien le relata honestamente su perspectiva de la vida política de su país. Es evidente que ante la imponente propuesta de este personaje, la respuesta es contundente; sólo aquellos que fueron testigos cercanos al dolor y daño indescriptible de ese periodo de la historia o quienes lo asumen en verdad, son capaces de ver en ese hombre con rechazo absoluto.

Del resto, muchos de quienes crecieron con la historia del Holocausto contada desde otras bocas, pero que no estuvieron ni están al menos poco cercanos al verdadero daño que causó, son capaces sin duda de seguir sus ideales de supremacía, lo idolatran. Quienes son ajenos al dolor, al hambre, a la decadencia y la desesperanza, aún en un mundo que todos los días las vive. Otros tantos genuinamente creen que sería la verdadera solución. ¿La razón? Han pasado más de 70 años y el ser humano, desde su contexto particular sigue siendo totalmente capaz de repetir la historia y lo hace, sin darse cuenta, aquí y allá, en escala menor o mayor. Y como nuevamente recuerdo, lo decía Elizabeth Kubler-Ross en “La Rueda de la Vida”, “todos llevamos un Hitler dentro”, depende del contexto en el que las circunstancias nos coloquen.

Pero al final, en mi versión de las cosas lo complemento con las palabras de Padmabandhu en la sesión del taller de meditación del domingo pasado en el Centro Budista de la Ciudad de México, en relación a la compasión. La naturaleza como seres humanos conectados con la vida está instintivamente dirigida a la compasión, que no la lástima (que es pasiva y de algún modo, no conecta), hacia cualquier forma de vida, es éste el instinto inmediato ante aquel que sufre, sin embargo, el condicionamiento con el que cada uno ha sido formado en cada contexto en particular, impone enseguida la barrera que impide que esa emoción se convierta en un sentimiento positivo, volcándola en negación y rechazo o indiferencia, peor aún, violencia, derivados de estados mentales torpes, como los denomina el budismo, como el odio.

Ante las condiciones adecuadas, por sobrevivir o porque sobrevivan los nuestros, ante el miedo a lo desconocido que representa una amenaza, consciente o inconscientemente, como en la xenofobia, todos podríamos llevar dentro esas facetas. Quizá el ideal, que parece imposible de lograr para la convivencia pacífica y armoniosa, implica tanto trabajo interno para lograr inclinar la balanza hacia el “no dañar” del budismo, es demasiado para cualquier época y circunstancia, seamos de primer mundo o del último.

En cualquier caso, esta novela y esta película me removieron lo suficiente, como para volver a la palabra escrita en este olvidado blog.

En tierras bajas

Tomé el libro al azar. Fue un regalo de cumpleaños hace un par de años, dos libros de la misma autora. Esperaba un rato de agradable lectura antes de dormir, pero no fue así. El primer relato me pareció una de las pesadillas que tuve recientemente por la fiebre causada por una infección. Pensé dejar la lectura al menos tres veces, pero sospechaba que finalmente acabaría por meterme en la lectura. Y así fue. Una vez que se comprende el ritmo al pasar la primera página de frases extremadamente cortas y pesadas y ese primer relato, quizá el más denso y oscuro, uno entra en el contexto.

“En tierras bajas” de Herta Müller encierra historias desde la perspectiva de una niña en una comunidad suaba. A través de escenas cotidianas describe las costumbres y la forma de vida en su entorno, desde una ingenuidad aplastante por franca. La autora retrata en palabras infantiles el mundo incomprensible de una niña que asimila a su manera la vida, entretejiendo en ella sus propias pesadillas, en forma tal que sueño y realidad se funden.

Así, suceden las escenas de alcoholismo del padre y el machismo que impera; el enfrentamiento de la niña con la muerte, con los muertos, con el duelo, con el dolor que produce la muerte, las sensaciones que le produce todavía mayores por la muerte de los animales que su familia cría; la educación familiar autoritaria y violenta; el estado anímico de cada personaje a través de sus ojos ingenuos; la vida quieta y rutinaria, los olores, los colores, los sabores, los ruidos, descritos tan minuciosamente que sobrepasan la lectura. Ninguna clase de ternura infantil, simplemente crudeza e incomprensión ante las decisiones adultas, una mirada escrutadora y obsesiva, describe tajante la vida de los adultos que la rodean.

Éste, el primer libro de la autora, premio Nobel en 2009, no es un libro para pasar una tarde amena y tranquila, es un libro para trasladarse a esa realidad. Quizá también para regresar a los años pequeños, cuando todo es irónico, cuando desde la sabiduría de niño tanto parece tan evidentemente absurdo.

Instalación

El sonido repetitivo se escabulle en el aire. Una y otra y otra vez. Sólo dos notas de un instrumento de cuerda. Un poco hipnótico y al paso de los minutos, perturbador.

Él está sentado en una silla metálica, porta uniforme azul. Levanta la cabeza cuando alguien, de vez en cuando, cruza el umbral de la entrada. Sus manos juguetean una hoja de papel doblada.

Entro curiosa y observo una a una las fotografías de piel con cicatrices, leo con mayor atención las notas escritas a máquina que describen la imagen. Historias de persecución. Un par de imágenes en blanco y negro, copias de radiografías. Un frasco al medio, en un líquido transparente que contiene una bola de cabellos castaño claro.

Me asomo a un pequeño espacio que está a obscuras, tres televisores, el del medio con la imagen de una chica llorando poco, con más angustia que tristeza.

Me distraigo y lo observo. Sentado en la silla metálica, jugueteando con el papel que aparenta leer. Distingo algo parecido a pequeñas letras en color negro, mientras la hoja da otra voltereta.

El sonido, con sus dos eternas notas continúa. Pasan los minutos y él ha olvidado que yo estoy ahí, de pie, al umbral de la entrada del pequeño cuarto a obscuras. Observo transcurrir su vida. Él se ha convertido en parte de la instalación; así como yo observándolo.