De libros y ocurrencias

Quinta canción para Marisa :: Mauricio Carrera

El mismo hombre… enamorado.

Mi mujer es la ternura desatada. Frecuenta el beso que no se olvida y el dominio de la mirada que me ordena detener mi paso vagabundo, mi transcurir legendario por los siete bares, mi devoción por el irresistible canto de las sirenas, para ser el bendito rehén de su piel y sus caprichos de hembra que se sabe bella, hechicera y exacta. Ella es la que me gusta, tan parecida a un amanecer sencillo, a la esperanza de la juventud eterna y a la alegría de saberme vivo y coincidir en este universo y este tiempo de locos con sus virtudes rosas y su calidad de bálsamo para mis torpes exigencias de hombre. Me vuelvo cursi entonces, glotón de sus labios, fanático de sus pies, cartógrafo de sus encantos, pecador de sus misterios, adorador de su risa, exigente de sus abrazos, ávido de encerrarla en mi jaula de ilusiones, terco de quererla como nunca y como a nadie, voraz de su voz de poesía, náufrago de su aroma, afanoso eterno de su presencia y famélico hasta lo indecible de la distancia que hay entre uno y otro de sus besos. Se instala cual fuerza vertiginosa en mi vida. Es la prioridad en mi pasión desbordada. El conjuro que abre las puertas de mi noción de paraíso. El porvenir de mis manos dedicadas a recorrerla. El cielo que por fin escucha y atiende mis plegarias de no dichoso e insatisfecho. Es la perdición nocturna. El viaje a los confines del mundo. Intensa, amorosa, hermosa, sabrosa, luminosa, eso es. Mi mujer. Mi carpe diem y mi carpe noctem. Mi alegría de loco enamorado, de bendito por juntar mi frente con la suya, de afortunado por saber de su alma y de sus mimos. A ella dedico mis canciones, los restos de mi esperanza y la enjundia a lo largo de la ingrata vida. Es imbatible. Imperial. Irresistible. Me ha hecho perder el rumbo de mis cinismos y mis villanías, porque en mi navegar insensato, carnavalesco y nocturno, todos los faros apuntan ahora a la odisea de sus tormentas y de sus tranquilas humedades, a sus caprichos de niña y a sus órdenes terminantes de su poderoso mujerío. Me rebelo, trato de protestar, pero es inútil. Me revuelco, furioso, por el placentero vaivén de pirata que he perdido y no sirve de nada. Rezongo. Me reprocho y me riño. Mi mandíbula de peso completo, de campeón indiscutible de la existencia disipada, resiente los golpes de palabras como amansado, mandilón, entoloachado, prisionero, aplacado, sometido, pero yo mismo me entrego a ser vencido por uno de sus suspiros o la mínima de sus caricias. Me doy. Depongo mis líneas de defensa. Aviento la toalla. Si me ha tocado amarla, que así sea.

Mauricio Carrera
Publicado en Día Siete el 28 de noviembre de 2009

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