Mi desvarío

Sobre la fidelidad

Andy García se muestra celoso en una escena de «Cuando un hombre ama a una mujer» al llegar a casa y encontrar a su esposa en la sala platicando muy  animadamente con un amigo, sentado demasiado cerca a ella.

Sin una palabra, su rostro lo dice todo. Una vez que se ha ido el amigo disculpándose por haber incomodado, el personaje de Andy dice que no recuerda haber estado sentado tan cerca de ella, a lo que la esposa responde retadoramente que desde antes de su conflicto actual (ella es alcohólica) no lo hacía. Remata diciendo: «Él me necesita y cuando yo tengo miedo, él no pretende ayudarme, me escucha». Por si no fuera poco lo que ya lo ha lastimado.

Es una película, la pareja es disfuncional porque ella es una adicta, pero retrata perfectamente lo que sucede en cualquier otra pareja. ¿Cuál es esa línea tan delgada que si se cruza, genera una incomodidad o molestia por un tercero entre una pareja? Estoy clara en el argumento de que es asunto de confianza. En sí mismo, en la pareja y en la relación.

Pero no me ha sido evidente en dónde se traza el límite sutil en el que establecer mayor confianza o atención en otra persona del sexo opuesto lastima a la pareja. Por muy importante y valiosa que sea la amistad o relación con el tercero.

¿Quién es el que habla cuando se trata de una situación así? ¿el miedo? ¿la inseguridad? ¿el sentido común?

Es evidente cuando ese límite se está rozando. Cuando la atención y el trato excede lo «adecuado». Pero ¿de quién es responsabilidad poner un alto? ¿del afectado o del que está permitiendo que suceda?

Tal vez se vale levantar la mano y señalarlo. Tal vez sirve como vitamina para la relación o al menos, como una auscultación que examina algún malestar.

Es evidente que a todos nos gusta sentirnos apreciados, atendidos, queridos. Es evidente que la autoestima crece y se refuerza aquello que nos ata a la Tierra, el ego. Somos vulnerables, humanos.

Probablemente eso es válido. Pero ¿qué hay de lo que la pareja siente? la incomodidad, el desazón. Eso que se llama celos. El temor subyace, escondido e inevitable. El temor a ser lastimados. Esa llamada de atención a lo que la pareja «no tiene», «no es», «no sabe», «no le gusta», «no hace». Siempre habrá algo de lo que carezca. Siempre habrá algo que llame la atención en otro, que guste, que interese.

Y se olvida lo importante. Lo valioso de la persona que se eligió. Ese enjambre de cualidades, defectos, desaciertos e imperfecciones que nos enamoraron.

Tal vez ahí es donde radica la inteligencia. En tener en claro los límites y conocerse a sí mismo. En permitir o no que sucedan las cosas.

Siempre está ese Pepe Grillo presente, algunas veces susurra y otras, usa altavoces y aún así es ignorado. En estas situaciones, todos sabemos cuando hacemos algo incorrecto (en el sentido de afectar algo que no queremos afectar), cuando estamos en vías de que suceda o cuando vamos directo a toparlo.

El reconocerlo en el momento es quizá donde radica la certeza de la fidelidad. Aunque ¿qué es ser fiel?

No tengo respuesta. Sí más de una idea. Pero sé que en cada cabeza hay un universo distinto y cada uno es responsable de lo que está dispuesto a ceder. Y a perder.

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