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Mirar hacia atrás

A veces uno debería mirar hacia atrás, antes de los problemas que no se tenían, antes de que no se preocupaba por lo que ahora preocupa. A ese punto exacto cuando no era necesario nada más que existir, para sentirse feliz.

Como rascar por debajo una gran montaña de conflictos, responsabilidades, roles, ansiedades, que fueron acumulándose uno a uno, año tras año, en una montaña interminable que oculta lo que uno realmente es.

Se deja de ser niño y comienza a portarse serio, a hablar de cosas serias y a no preguntarse las cosas más simples de la vida. Se pone cara y mirada de adulto. Y se deja de reír.

Se olvidan los pequeños placeres y lo que antes era suficiente ya no lo es. Y se espera al después, al «cuando tenga, cuando haga, cuando logre, cuando termine, cuando cuando cuando…».

Hasta que una buena sacudida a la vida lo puede regresar a su esencia. O al menos lo intenta. Y si uno lo permite, entonces puede volver.

A valorar lo verdaderamente importante. Lo que debe disfrutarse, el hoy, que no vuelve. La salud que aún se goza, el amor que aún se comparte, las lecciones que aún se aprenden, la vida que aún se tiene.

No hay razón para no dar lo mejor en cualquier circunstancia, por no obtener lo mejor de cualquier momento, para no hacer el esfuerzo por ser comprensivo, por ser compasivo en el verdadero sentido de la palabra, por ser paciente, por escuchar, por sonreír, por estar realmente, por ser quien haga la diferencia, por mínima que ésta sea.

A veces uno debería mirar hacia atrás y recuperarse a sí mismo.

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