Mi desvarío

De miradas y familia

Hoy veía cómo una hija miraba con amor infinito a su padre. Tal vez el mismo efecto de una madre mirando a su hijo en una presentación escolar. No había nada que decir, su expresión aclamaba un sentimiento absoluto, más allá de lo que significan las palabras que describen los sentimientos más puros del ser humano.

Al fondo había una foto grande de él mirando a su vez al amor de su vida, su esposa. La foto, tomada varios años atrás, cuando ella aún vivía, también hablaba por sí misma. Ella, la esposa, volteaba hacia otro lado, él la contemplaba a ella y eso le provocaba una gran sonrisa. La miraba como solamente podemos mirar a quien amamos, con quien hemos compartido tiempo y vida. Como se mira a alguien que es parte de nosotros, de nuestra casa, de nuestras costumbres, de nuestras manías, alguien que nos conoce y a quien no tememos.

La hija miraba al padre, como si a través de ella también lo mirara su esposa, como si en esa mirada cupieran ambos amores, como si ella no estuviera ausente.

No lo recuerdo, pero probablemente cuando era niña, bastaba la mirada de mi papá para decirme cuando algo no debía hacer. Su mirada tiene muchas voces. Tengo una fotografía en donde una de esas miradas habla con voz plena, como la propia voz de mi papá, quizá quien no conoce los tonos de sus miradas, no la entendería.

En nuestra manera de mirar a los otros decimos tanto que no notamos, hablamos de la complicidad, de las vivencias, del conocimiento mutuo, no escondemos la simpatía o antipatía. En una mirada rechazamos y admiramos, alabamos, discutimos, enamoramos, nos rendimos. Los ojos también hablan en voz alta, hablan todo el tiempo, aunque solamente aprendemos su lenguaje personal cuando nos tomamos el tiempo para hacerlo.

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Ensayo, Mi desvarío

Experimentación con animales, ¿un dilema ético?

El tema de la experimentación con animales siempre ha sido polémico. Leyendo comentarios un poco agresivos al respecto pensaba en mi propio dilema, en relación a la investigación médica.

A veces no se recuerda que muchas enfermedades hoy tienen cura gracias a los modelos animales. En algunos tratamientos no hay forma de experimentar «in vitro», sin embargo siguen protocolos estrictos en los que se procura el menor daño a los animales; se crían y se mantienen en condiciones adecuadas y quienes trabajan en laboratorios de este tipo están sujetos igualmente a códigos de ética.

Es cierto que es muy cruel, pero desafortunadamente en estos casos aún no hay alternativas.

La primera vez que vi morir a una pequeña rata blanca en la prueba de un tratamiento contra la epilepsia me dolió mucho, poco faltaba para echarme a llorar. Ver a un ser vivo sufrir, lastima, por la impotencia y en estos casos, por saber que está en ese lugar y en esa situación de manera provocada.

Aquella muerte me enojó también, aunque tiempo después entendí de alguna manera, que esa vida valía porque era de un ser vivo, pero aún más porque gracias a ella y a muchas otras, en el futuro quienes padecen epilepsia, cáncer, Alzheimer, Parkinson e infinidad de enfermedades podrán tener una mejor calidad de vida. Entonces le agradecí literalmente, por ello.

Lo que esto provoca son sentimientos encontrados y un gran dilema ético. Pero precisamente por todos aquellos que sufren, la ciencia no ha podido detenerse. No es trivial de aceptar, pero de no ser así, hoy en día no existirían las opciones de tratamiento que tienen nuestros padres, abuelos, hermanos, parejas, amigos o nosotros mismos.

La industria cosmética y de cierta forma también la farmacéutica, son harina de otro costal. Es sabido que las prácticas de algunos laboratorios son poco éticas y a veces los experimentos no están fundamentados. Siempre es mejor, por ética o por motivos personales, usar productos que no han sido probados en animales y de ser posible, incluso aquellos que contienen ingredientes orgánicos. Así también nos aseguramos de que no se esté experimentando también con nosotros mismos.

En el caso de quienes se dedican a la ciencia, no son precisamente personas que odian y maltratan a los animales. Para muchos de ellos su vocación, trabajo, esfuerzo y frustración diarios son por el bienestar del ser humano. La ciencia también busca la manera de evitar la experimentación con animales y hacia este sentido deben ir las ideas y de algún modo, el reclamo, pero comprendiendo bien el por qué ha sucedido así el avance científico sin más prejuicios.

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