Bitácora de viaje, Mi desvarío

Bitácora de viaje. India. Parte II

Una mañana salimos para Cochín o Kochi, a dos horas de Kottayam, de vuelta por donde llegamos del aeropuerto, otra vez en un pequeño camión, a toda velocidad. Otra vez pude hacer unas cuantas fotos; una y otra imagen pasaban por la ventana. En cada casa, en cada rincón encontraba una escena memorable; viejos parados frente a su puerta, en su vestimenta típica, el dothi (una pieza de tela de unos cinco metros, que les cubre de la cintura hacia abajo), trabajando en algún menester, o simplemente sentado en su entrada. Casas pintadas de colores vivos, ésta en fucsia, aquella en verde limón. Siempre me he preguntado el gusto que tienen en India por los colores que por nuestras latitudes en occidente llamamos «alegres».

Pasaban una a una numerosas casas enormes, algunas realmente lindas, algunas otras incluían una camioneta en la entrada. Y al costado, en total contraste, un par de casas sencillas y descuidadas. En otra zona, las casas viejas y maltratadas. Ningún paisaje completamente ajeno a algunos sitios en México. Y algo más en común, en ese lugar de la India también se sobrevive como lo permiten las posibilidades: vendiendo todo tipo de objetos u ofreciendo servicios de reparación de todo tipo.

En algunas paradas pude mirar con detenimiento a la gente. Los hombres indios caminando por la calle. El dothi de telas exquisitas y ellos, combinando el tono satinado con el color de la camisa, caminaban por la tierra con huaraches humildes y polvosos; el resto de su vestimenta era impecable.

Los niños hermosos y las niñas aún más bellas, de piel morena brillante y ojos negros preciosos enmarcados por cejas definidas. Vi muchas mujeres jóvenes y bellas, con mucho porte, ataviadas con saris de colores y el cabello negro largo ondeando en la espalda.

En Cochín bajamos del autobús en una pequeña iglesia (es solo una suposición, eso parecía), donde aparentemente no había mucho que ver porque estaba cerrada. Caminé alrededor e hice un par de fotos. Más tarde paramos en un museo y vi un poco de la historia de la Familia Real de Cochín, llamados Perumpadapu Swaroopam. La entrada costaba 5 Rs.

Un pequeño mercado de artesanías estaba agendado en el tour, ahí pasamos horas admirando pinturas, cajas, telas, figuras de sándalo, y muchos otros objetos característicos de aquel país. Y por supuesto, pasamos horas practicando el regateo, gastando hasta la última rupia que llevábamos encima. Los precios realmente eran de no creerse, para la calidad de lo que comprábamos.

Se decía que como no era temporada alta, casi no había turistas, de ahí el interés de los vendedores. Aunque yo me preguntaba cuántos  turistas llegan a ese lado del mundo, tal olvidado y aparentemente tan poco llamativo. Así que se decía, con la conocida técnica de ventas, que todo estaba rebajado a mitad de precio. Pero la última oferta terminaba siendo la mitad del precio inicial. Después de nuestras compras masivas de té, cajitas, prendas de algodón y recuerdos, regresamos al camioncito que nos esperaba. Algunos compañeros rezagados tardaban más de la cuenta, por lo que poco a poco comenzaron a acercarse los vendedores, cada vez con más objetos, hasta que estuvimos rodeados por completo de manos con todo tipo de artesanías, convirtiendo las ventanas en curiosos mostradores.

Poco después llegamos a un restaurante cercano, un lugar muy fresco, sin ventanas y rodeado de plantas. Yo pedí nuevamente un plato que había probado antes y que me había gustado, el Tandoori chicken, pollo marinado en una mezcla de especias ligeramente picantes y asado a las brasas,  sin rastro notable del curry que para esas alturas había saturado mi paladar. El resto del día se nos fue ahí.

El regreso fue una nueva odisea, aún más complicada. La carretera estaba realmente maltratada y el chofer y guía condujo aún con más ímpetu que la primera vez. El peor momento fue cuando le dio un empujón a una moto. Yo prefería mirar hacia otro lado todo el camino.

Esa noche en el hotel, me quedé en el lobby para poder conectarme a internet. Mientras chateaba un rato, observé a un grupo de hombres que ponían una ofrenda, completamente felices. Había una olla metálica pequeña llena de agua en el suelo y sobre el agua flotaban pétalos de flores rosas y amarillas, que ellos colocaban con todo cuidado. En el altar, que era una pequeña mesa, había una pintura de un niño o niña que abrazaba un animalito que me pareció un becerro. El altar tenía frutas, flores e incienso. Había un objeto largo y dorado, parado sobre el suelo, en la punta tenía un gallo y colgaba una tira de flores blancas de él; después supe que era una lámpara tradicional de la ofrenda.

El recepcionista me explicó que la ofrenda (Vishukani) se debía al Vishu («igual» en sánscrito), una fiesta que se celebra el 14 de abril en todo Kerala y es el Año Nuevo Malayalum. El Malayalum es uno de los idiomas que se hablan en la India, es hablado en Kerala y a las personas que lo hablan se les nombra Malayalis.

En el pizarrón de tela negra del hotel, se deseaba un feliz Vishu, tal como se desearía un Feliz Año Nuevo en occidente. Me habría gustado presenciar el festejo completo como se realiza tradicionalmente en los hogares indios, pero al desconocer el evento (y por las circunstancias del viaje), no hice por investigar mucho más. Al día siguiente, todos en el hotel nos desearon un feliz Vishu, con la mejor energía y buena vibra para iniciar un nuevo ciclo. La tradición indica que al levantarse en la mañana del Vishu, se debe ir directamente hacia la ofrenda con los ojos cerrados, para que ésta sea lo primero que se observe en el año nuevo. Yo no lo sabía, sin embargo fue una agradable vista esa mañana las pequeñas flores amarillas y rosas flotando sobre el agua.

La primera impresión que dio el grupo mexicano en el evento, fue el festejo de un cumpleaños en el lobby del hotel: pastel y mañanitas incluidas, cantadas a todo pulmón, rodeados de numerosas cámaras captando el momento y murmullos risueños en varios idiomas. El comité organizador nos llamó para la foto de grupo, que se tomaría detrás del hotel sede. Atravesamos jardines enormes, en pleno rayo del sol a unos 36º C o un poco más. El calor terrible fue el causante de nuestras caras de sufrimiento.

Amablemente se nos ofreció una comida tipo buffet, con distintos platillos típicos de la India, los mismos que ya habíamos degustado anteriormente. Después de varios días en este país oriental, lo exótico de los condimentos, sobre todo del curry, deja de ser tan atractivo. El peculiar sabor lo probaba en el desayuno, en la comida y en la cena, para ese entonces ya no quería probar nada que supiera a curry. Afortunadamente para mi, encontré algunas buenas opciones en el buffet y comí gustosamente… hasta que observé cómo un pequeño grupo de jóvenes utilizaba las manos para servirse en los platos blancos. Más tarde observé a otro par de chicas comiendo. Partían un pedazo de pan, algo parecido a una tortilla de harina blanca, pero mucho más gruesa, chiclosa y elástica, y con cada pedazo tomaban una porción del guiso, jamás usaron los cubiertos que estaban disponibles para todos. Posiblemente parece extraño para ojos occidentales, pero es lo mismo que hacemos en México con los tacos. Alguien me dijo después que este modo de comer es una costumbre mucho más arraigada en personas que no viven en la ciudad. Para alguien estricto con la higiene habría sido imposible seguir sirviéndose del plato que tantas manos habían tocado.

Después de la primera sesión académica, fuimos obsequiados con un paseo en bote por una zona muy humilde de Kottayam. No termino de comprender si aquello era un atractivo turístico; no me lo pareció en lo absoluto, excepto si uno tiene cierto interés sociológico. Mi atención estuvo todo el tiempo en la gente: paseábamos en un pequeño barquito frente a sus casas, invadíamos su intimidad completamente, escudriñando su manera de vivir, sus actividades cotidianas, su familia y sin embargo, todos nos saludaban con grandes sonrisas. Ese fue nuestro regalo. Hice algunas fotos, aunque con el movimiento del barquito era difícil lograrlas.

En una de ellas, una familia estaba en el patio. Comían algún tipo de fruto rojo que no sé si era jitomate. En la fotografía se ve un hombre asomándose por un hueco de la barda, mostrándome lo que comían.

En algún lugar de la India

Hora y media duró la vista de casas humildes y le siguieron las filas de palmeras y luego nada más que agua. Hice algunas fotos de otros barcos más grandes, que navegaban cerca de los nuestros.

Kottayam, India

El verdadero atractivo se vivió en uno de los barquitos. No tuvieron que pedirlo dos veces antes de que una parte del grupo de México bailara con ganas en la cubierta del barco con los animadores del grupo organizador, tan bailadores y alegres como ellos. Al bajar de los botes la pregunta general era: ¿qué estaban tomando ahí arriba? Por supuesto que todos querían sentarse cerca de quien trajera tal fuente de éxtasis.

Llegamos al lugar destinado para la cena. Los mismos platillos con curry y pepinillos picantes que nunca pude comer. La cena perdió por completo el interés para mi cuando comenzó a atardecer. Era impresionante el espectáculo. A la orilla del muelle, la luz naranja cubrió por completo el ambiente. El cielo cambiaba de color despacio, a través de las siluetas de las palmeras, de naranja a rosa, violeta, azul eléctrico. Yo tomé la cámara y estuve feliz capturando el momento hasta que obscureció por completo.

Un lugar en Kottayam al atardecer

A este espectáculo le siguió otro de diferente naturaleza, completamente improvisado y único. Cada país hizo el esfuerzo por mostrar un poco de su cultura, cantando, bailando o haciendo lo que mejor podían para entretener al cansado público.

Para esas alturas ya había agotado los 70 pesos que aboné al celular, hablando cerca de veinte minutos. La restricción de cargar un máximo de 700 Rs. cada vez, es decir, alrededor de 230 pesos mexicanos, me limitó a hacer llamadas cortas y a usar Skype.

Cuando uno tiene hermanos, está acostumbrado a convivir con otras personas en un mismo espacio desde la infancia. Se sabe, por ejemplo, que todos tenemos diferentes rutinas, horarios y calidad de sueño. Por ello uno se acostumbra a ser considerado (en el caso ideal), a evitar ruidos molestos y principalmente, a reconocer que se le debe respeto a los otros. Pero no siempre sucede así.

Es normal un estado de cansancio cuando se está al otro lado del mundo y cuando cada minuto se perciben cosas nuevas, el cerebro trabaja a un ritmo distinto; pero definitivamente, añadir el hecho de compartir la habitación, convierte ese cansancio en fatiga crónica. No me ufano de ser la persona más considerada, pero siempre que he compartido habitación, procuro ser la primera en despertar, para no tener ninguna prisa por salir, para no pisar el suelo mojado, en fin, para no estresarme de más. Tal ha sido el caso, que mis compañeras de habitación usualmente no notan un solo ruido.

Una de esas noches, aún en Cochín, no fue muy propicia para el descanso. A las cuatro y treinta de la madrugada sonó un despertador, una y otra vez, pero la aludida ni se inmutó. La ley de Murphy no falló y alguien que quería levantarse temprano, dio mal el número de su habitación a la recepción: a las seis de la mañana sonó el teléfono. Aprovechando la situación, la dueña del fallido despertador se levantó y como Pedro por su casa, prendió la luz, se metió a bañar y continuó su retahíla de ruidos veinte minutos más. En cuanto cerró la puerta de la habitación, mi otra compañera continuó el número, revolviendo bolsas y chancleando con singular gusto. Así mi día comenzó a las 5 de la mañana.

Aquel día no pude acompañar al grupo al paseo, debía terminar el trabajo que estaba haciendo, así que comí en la habitación (un platillo bastante común, pollo y verduras al vapor). El calor era insoportable y me cansó aún más que estar frente a la computadora.

Me he preguntado si la mayoría de los indios son tan amables como Setu y aquel que encontré en el hotel sede. La pila de mi computadora estaba en rojo cuando fui a la recepción buscando algún lugar donde conectarme. George me miró, una gran sonrisa apareció detrás de su enorme bigote y me indicó que pasara con él. Ni idea tenía de que era uno de los gerentes, especialista en atención a clientes. Entré detrás del mostrador y me condujo a una serie de escritorios. Me dijo que podía sentarme en uno de ellos, me indicó dónde conectarme y me preguntó si además quería conectarme a internet. Ahí permanecí hasta que el indicador de la batería estaba en verde. En ese largo rato vi fotografías de bodas realizadas en el hotel en la laptop de George, mientras me interrogaba respecto a mi vida y al evento al que asistía. Una vez más la pregunta, que si era soltera o casada. Una vez más respondí lo mismo. Él me contó que es católico, me contó sobre su familia, su rutina diaria en el trabajo y finalmente, después de haber intercambiado usuarios de Skype, me platicó sin ningún empacho, que a sus 36 estaba en búsqueda de una chica extranjera para casarse y salir de la India. Me invitó a un paseo para ver elefantes y plantaciones de té. Habría sido interesante. Me ofreció además, como buen gerente, una tarifa especial para tres habitaciones en el hotel. Era muy conveniente hospedarse en el hotel sede, pero el grupo era demasiado numeroso como para caber en tres habitaciones, así que solamente le agradecí la amabilidad. Mientras tanto, mis compañeros, sin servicio de internet, se turnaban en el lobby el único contacto disponible. Aún platico con George por Skype de vez en cuando, aunque procuro no dejar abierta la sesión por la noche para evitar el acostumbrado «Hi» a las 3 de la mañana. Un par de años después, por Facebook, supe que se casó y ahora vive en Dubai. Aún me pregunta cuándo regresaré a Kottayam.

El último día que permanecimos en Cochín lo ocupamos en las consabidas compras. Había tales cosas hermosas, pero no podíamos darnos el lujo de sobrecargar las maletas porque aún faltaban varios días. Caminamos por el centro rumbo a una tienda de telas de las más hermosas que he visto. En la parte de arriba se encontraban los departamentos de ropa, para dama, caballero y niños. La ropa para dama era casi toda igual, saris tradicionales (los vestidos típicos con los que se identifica la vestimenta de la mujer india) y saris modernos (una túnica con un pantalón entubado). Muchas jóvenes indias visten este tipo de sari, las más osadas quizá, visten otro tipo de pantalón o jeans pero es prácticamente imposible encontrar una chica en un vestido corto o falda, jamás muestran ni siquiera los tobillos.

Además de esta vestimenta típica, había alguno que otro vestido y todos me parecían de fiesta y todos llevaban su pantalón entubado a juego. Los colores brillantes de la tela y los hilos que bordaban figuras y las lentejuelas me parecían demasiado llamativos para un día cualquiera. Algunos de estos vestidos parecían de princesa. Teníamos poco tiempo, pero tomé algunos de ellos y comencé a probármelos frente a uno de los espejos. La vendedora y yo no nos entendíamos realmente, pero después de observarme ajustando con la mano uno de ellos, que me quedaba muy amplio, se acercó negando con la cabeza y haciendo seña de quitar mi mano. Me hizo entender que así debía llevarse el vestido, nunca ajustado.

En esos días, la ceniza volcánica esparcida por la erupción del volcán Eyjafjallajökull en Islandia trastornó el viaje de muchas personas que salían de Europa. Había el rumor de que tampoco saldrían los vuelos rumbo a Estados Unidos. Alguno de los compañeros, que quería regresar cuanto antes a México, tuvo que cambiar su ruta, que hacía varias escalas, para poder viajar. Pero días después supimos que de cualquier manera no pudo volar y permaneció toda la semana en el mismo sitio, en algún lugar de la India.

La despedida del grupo fue por demás agradable. Todo el personal que nos atendió esos pocos días se despidió con una gran sonrisa. Setu se acercó a la camioneta y siguió diciendo adiós con aquella enorme sonrisa.

Hasta ese momento, no teníamos ningún plan para los días siguientes. El vuelo de regreso estaba programado para la siguiente semana, saliendo de Cochín rumbo a Delhi, con alguna escala. El contratiempo por el volcán y la oportunidad de hacer un tour por la India nos obligó a buscar opciones. Gracias a la recomendación de alguien conocido que vivió algún tiempo en la India, pude conseguir uno que incluía transporte desde Delhi.

El plan era viajar a Agra y Jaipur, con la obligada visita al Taj Mahal. Los hoteles de tres y cuatro estrellas no sonaban mal y el precio incluía alimentos. Pero debíamos salir de Delhi y nos encontrábamos en Cochín, al sur de la India. Podíamos comprar un vuelo a Delhi, hacer el tour y regresar a Cochín y continuar con el itinerario original. Entonces solicitamos un cambio para adelantar el vuelo a Delhi. La suerte quiso que el vuelo que teníamos programado para la siguiente semana se cancelara y pudimos reservar inmediatamente. Aunque aún debíamos avisar a la aerolínea de nuestro cambio. Ese problema ya estaría por resolverse después.

Afortunadamente nuestro vuelo por la aerolínea Kingfisher a Delhi se realizó sin ningún contratiempo. Al llegar, un par de chicos indios nos recibieron. Uno de ellos era primo de Jitu, quien sería nuestro guía. Esa noche nos condujeron al hotel en el autobús contratado para el tour. Nuevamente nuestro encuentro con otro lugar en la India se realizaba de noche, con calor intenso. El autobús comenzó a dar vueltas por algunas calles que no se veían nada bien. Gente durmiendo en el piso, con casi nada de ropa y dicen, yo no alcancé a ver, alguien lavando sus trastes viejos en una banqueta. Algunos más dormían sobre sus carritos de supermercado repletos de cosas. Escenas realmente tristes, a las que a decir verdad no estábamos acostumbrados.

El autobús dio dos vueltas por aquellas calles y entonces realmente nos comenzamos a asustar. Murmurábamos mirando por las ventanas. Salimos de esa zona hacia una avenida, pero unos metros más adelante el autobús dio una vuelta en U y regresó. El guía nos explicó, para calmar el alboroto que para entonces hacíamos, que la calle de la entrada principal estaba cerrada y buscaban la manera de entrar. Así que regresamos a aquella calle. El autobús se estacionó y nos dijeron que bajáramos. Todos estábamos aterrados aunque solamente lo decíamos con la mirada. Imaginábamos la clase de hotel de la que se trataría, de estar en esa zona.

Una vez abajo, vimos del lado izquierdo un hotel que no se veía tan mal. Al otro lado, un anuncio luminoso, de aquellos como de antro de mala muerte. Todos pedimos entre risas nerviosas que el nuestro fuera el del lado izquierdo. Pero el guía nos hizo señas para ir al otro lado. Temerosos, dijimos que iríamos a verlo, y que si no nos agradaba, pediríamos que nos llevaran a otro. Unos metros más adelante estaba la entrada y en la puerta, unos turistas esperaban. Eso nos calmó.

Definitivamente no era un hotel de 3 estrellas. Estaba un poco sucio y descuidado, el baño no tenía cortina y no servía el aire acondicionado, así que mi compañera y yo dormimos poco, sólo con el ventilador. Pero había internet inalámbrico gratuito y era un lugar seguro. Al día siguiente haríamos el tour por Delhi.

En la mañana bajamos el equipaje y lo agrupamos en el lobby. Los chicos del tour comenzaron a sacar las maletas rumbo al autobús mientras desayunábamos. Y entonces, al salir a rescatar mi computadora para que no la colocaran junto al demás equipaje, sucedió.

Ni siquiera pude verlo. No tuve el coraje ni el morbo de sostenerle la mirada. Cómo hacerlo sin dejar de cargar después su imagen en la mente, sin dejar que se colara hasta lo más profundo. No entendí una sola de sus palabras, pero me fue evidente que era un ruego, mezclado con plegaria. Su voz de niño me acompañó todo el día, como la tristeza que encogió mi alma al verlo. Un pequeño, descalzo, sin cabello, con los ojos vidriosos y sin esperanza. Los suyos no eran ojos de niño, eran ojos de agonía, lenta y vieja agonía, de resignación. Y al mismo tiempo de súplica. Ese era el verdadero rostro de la India. Nadie me lo contaba.

En toda la ciudad, la gente vive en donde puede, donde encuentra un rincón, en casas destruidas, abandonadas, en pasillos, en los huecos de las calles. En una jardinera de una calle cualquiera. Sentados en la tierra, llenos de polvo, cocinando en fogatas improvisadas algún contenido extraño en una lata. El baño es cualquier lugar y en toda la ciudad se encuentran montones de basura. Parecía que el código es «tú sobrevive como puedas, nosotros no te molestaremos». Eso lo pensé al ver a la gente bañándose en alguna fuente y a pocos metros, los policías. Nadie dice nada. Y si uno se encuentra una piedra libre, fresca, en el calor de más de treinta y cinco grados, puede acostarse y dormir en pleno día.

Por supuesto, la zona alrededor de las embajadas está prácticamente libre de todo aquello. Pero la ciudad en sí me pareció gris, triste.

Hice algunas pocas fotos en el India Gate en el Rajpath (camino de los reyes).

Después de algunas vueltas por los sitios «importantes» del lugar, nos encaminamos rumbo a Agra.

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