Mi desvarío

Amar a un colibrí

Lo encontré una mañana, rondando la bugambilia. Se mantuvo en el aire al verme unos segundos, olvidando la flor. Seguí caminando y se acercó a mí. Pude ver sus colores brillar con el sol, mientras volaba alrededor mío, contándome historias. El colibrí y yo nos hicimos amigos. Nunca sabía cuándo lo vería, aparecía en cualquier momento, así como desaparecía. Siempre me regalaba alegría en instantes, nunca estaba quieto.

Un día supe que mi colibrí me amaba, algo extraño, pues un colibrí es un alma solitaria. En mi ignorancia, no entendía que yo también amaba su alegría, lo impredecible de su vuelo, lo fuerte y frágil de su bellísima figura. Mi colibrí siguió visitándome un tiempo y luego desapareció. Poco a poco su ausencia se fue haciendo más grande y más pesada, insoportable y una mañana desperté sabiendo que yo también amaba a mi colibrí. Lo busqué, lo esperé, pero no regresó. Cada mañana miraba a la ventana, esperando encontrarlo. Así se fueron los días, las primaveras.

Un día mi colibrí volvió. Se veía distinto, más fuerte, los colores de sus plumas eran más brillantes y hermosos. Me contó historias, volando a mi alrededor. Me envolvió de amor, de ese amor que se siente desde el primer instante. Mi colibrí y yo nos enamoramos.

Amar a un colibrí no es fácil. Esa pequeña criatura, tan frágil, tan fuerte, ese mensajero de deseos, en un solo vuelo puede traer el mundo entero.

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