Bitácora de viaje, De la nostalgia, Yo

Pequeña bitácora de viaje. Lima

Los barquitos espolvoreados sobre el mar nos dieron la bienvenida una nublada mañana de cielo blanco. Nuevamente pisábamos tierra andina.

La distracción del desvelo y la ingenuidad facilitaron que el cambio de algunos pesos mexicanos a soles se convirtiera en una pequeña estafa, perdiendo una gran parte de su valor. Afortunadamente el robo fue menor, pero no dejó de sorprendernos que dicho acto se cometiera al costado de la aduana, dentro al aeropuerto.

El acento inconfundible de los peruanos lo reconocí inmediatamente. El taxista, contratado por fuera del área de bienvenida del aeropuerto, ofreció una tarifa reducida casi a la mitad, de la propuesta por las compañías oficiales. Entre las recomendaciones habituales, la misma de la última visita hace unos años: «las carteras escondidas, no las dejen a la vista, pueden romper las lunas para robarlas». Añadió que la delincuencia ha ido en aumento, a pesar de que con Ollanta Humala, la economía del país mejoró.

Por las lunas del taxi vimos pasar las calles de Lima. Los conocidos camiones con sus letreros coloridos anunciando la ruta: Miraflores, Barranco, Arequipa, Chorrillos, Bolivar… Taxis negros, taxis blancos, taxis amarillos. Parte de la ciudad que había visto antes, sin gran cambio. La humedad en el ambiente y el calor hacían difícil no cerrar los ojos. Sobre las banquetas caminaban mujeres y hombres, apresurados, en un día normal de trabajo y por las ventanas de los camiones se veían algunos dormidos. Un rato después llegábamos a la Avenida Arequipa.

No reconocí del todo las calles de San Isidro, pero sí su encanto peculiar; casas viejas sin restaurar que aún conservan orgullosas el estilo detrás de la pintura deslavada y descarapelada. Sobre Arequipa, alguno que otro edificio relativamente nuevo, de más de quince pisos que contrasta con las pequeñas construcciones a los costados. Pequeñas tiendas, muy bien ordenadas, con mostradores de madera muy limpios.

Caminamos por los alrededores, buscando algún lugar para almorzar. Entendemos de una vez por todas, que los conductores en Lima son un poco salvajes, sin respeto alguno por el peatón. No parecen tener el mínimo indicio de detenerse cuando uno pretende atravesar la calle. Encienden las luces y presionan el claxon indicando que tienen la preferencia en todo momento. Sobre el cruce peatonal leemos una y otra vez la advertencia «4 DE CADA 5 MUERTOS EN ACCIDENTES DE TRÁNSITO SON PEATONES» y me pregunto si aquello no será contraproducente al provocar aún más a los conductores a olvidar que a veces también son peatones. En algún poste, un anuncio que conmemoraba la independencia, insiste en evitar el uso del claxon: «Cuando no tocas el claxon por gusto haces patria. ¡FELIZ 28 PERÚ!».

Mondonguito, pescado sudado, causa de pollo, pollo adobado con camote, pollo a las brasas con papas y muchos gramos de arroz, típico almuerzo de los peruanos. La comida china, llamada «Chaufa», abunda. Los sabores no son desconocidos, salvo la ausencia del picante. En aquellos días pocas veces soy capaz de terminar de comer tal cantidad de arroz.

Me llama la atención algo, un letrero pegado fuera de un local: «Se solicita azafata con experiencia», al dar un vistazo hacia dentro, pensando que no había visto esa manera de reclutar «aeromozas«, observo mesas y sillas, es un pequeño restaurante. Otro letrero en un local cercano, solicita además de azafatas, un lava vajillas. Como tantas otras veces, el mismo idioma da lugar a simpáticas confusiones. Caminamos por el camellón de la avenida. Altas palmeras custodian las orillas y ofrecen una bonita perspectiva. Cada tanto, bancas de madera forman un círculo, invitando sentarse por un momento, en medio del barullo y las prisas de la ciudad.

Son pocos años después, pero encuentro una Lima mucho más linda, limpia, ordenada y muy agradable. Veo a mi alrededor y me alegra estar nuevamente aquí.

Los siguientes días están llenos de reencuentros, de historias, de caras conocidas y risas reconocidas, de recuerdos, de familia, de un enorme cariño con sabor a comida peruana. Ají de gallina, mondonguito, lomito saltado, papa a la Huancaína, olluquito. Seguimos festejando una y otra vez las fiestas con panetón. Comemos paletas de lúcuma y litros de Inka Kola, el refresco de cola amarillo tradicional del Perú.

Me sorprendo agradablemente con Magdalena del Mar y su nuevo pasaje comercial, ordenado, iluminado, tiendas muy bien puestas y mercancía de calidad. El parque aquel frente a la iglesia tiene particularmente un significado personal. Mientras caminamos alrededor al gran árbol de Navidad, mi mente va años atrás y trato de captar la esencia del lugar. Estos sitios estuvieron mucho tiempo en mi imaginación siendo una niña.

La Costa Verde da una hermosa vista al Pacífico. Mientras rodeamos la playa por la vía, observo a lo lejos algunos bañistas que miran hacia el mar, esperando el momento para surfear.

La víspera de Año Nuevo, una pequeña gran fiesta en la que nos reciben con un paquete peculiar: serpentinas, silbato, antifaz, matraca, globo y confeti que cumplen el objetivo que convertir en niños a todos los presentes. Encuentro familia que no conocía, abrazos y peticiones de saludos para cuando estemos lejos.

Mis pies y mi corazón no han olvidado el huayno y festejan y se contagian del gusto con el que quienes bailan comparten así un mismo lenguaje, el amor a la tierra.

Pienso en mi México, en su caos, en la locura del diario, en sus fallas y sus aciertos. En su potencial y en su gente. No somos tan distintos. Ni tan perfectos ni tan fallidos.

Nos despedimos cargados con abrazos familiares, condimentos y un gran panetón.

Hasta pronto Perú de mi corazón.

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